Que la dejen ir al baile sola |
Hay algo que no cuadra en la escena: Michelle Bachelet sube al escenario internacional para presentar su candidatura a la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas, mientras en Chile el aplauso suena más bien tímido, cuando no derechamente ausente. No es que falten credenciales. Lo que escasea, curiosamente, es entusiasmo doméstico.
Bachelet no es una candidata cualquiera. Dos veces presidenta, ex Alta Comisionada de Derechos Humanos, figura conocida en las principales capitales del mundo. En un sistema internacional que parece haber perdido su centro de gravedad, su perfil ofrece algo cada vez más escaso: experiencia política con capacidad de interlocución transversal. No incomoda demasiado a nadie y eso, en diplomacia, suele ser una virtud más que una debilidad.
Pero las candidaturas a la ONU no se definen en el terreno de los méritos, sino en el de los equilibrios. Y ahí es donde la historia se vuelve menos lineal. La carrera por la Secretaría General es, en rigor, una negociación geopolítica prolongada: cuotas regionales, vetos implícitos, preferencias de las grandes potencias y una coreografía diplomática donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se declara. En ese tablero, Bachelet compite con candidatos que no necesariamente tienen su trayectoria, pero sí algo igual de decisivo: el momentum adecuado o el respaldo alineado.
Y mientras eso ocurre afuera, adentro el cuadro es peculiar. El gobierno de José Antonio Kast ha optado por una prudencia que bordea la distancia. No hay campaña activa, ni despliegue diplomático evidente, ni esa clásica defensa cerrada que los países suelen hacer cuando uno de los suyos aspira a un cargo de esta magnitud. La señal, por decirlo suavemente, es ambigua. Y la ambigüedad, en estos procesos, no es neutral: es una forma de posición.
Volvemos a la escena: Bachelet ensaya su entrada en el gran salón multilateral, mientras desde la galería nacional algunos observan con atención, otros con escepticismo, y varios simplemente prefieren no involucrarse demasiado. Que vaya, parece ser la consigna implícita. Pero que vaya sola.
No deja de ser llamativo. Porque si algo ha caracterizado históricamente la política exterior chilena es su inclinación a capitalizar los espacios de influencia disponibles. Aquí, en cambio, hay una suerte de contención. Tal vez por cálculo político interno, tal vez por diferencias de fondo, o tal vez por una incomodidad más difusa: la de ver a una figura con peso propio desplegándose en un escenario donde el control ya no pasa por La Moneda.
Por supuesto, nada de esto invalida la candidatura. Bachelet sigue siendo competitiva. Su nombre circula, su trayectoria cuenta y su capacidad de diálogo sigue siendo un activo real en un sistema internacional tensionado. Pero tampoco conviene exagerar: en la ONU, las carreras se deciden en espacios donde la biografía pesa menos que las correlaciones de poder. Y ahí, la falta de un respaldo claro desde el país de origen no es un detalle menor; es, más bien, una variable estructural.
Al final, la pregunta no es solo si Bachelet puede ganar. Es si alguien, más allá de su propio equipo, está realmente dispuesto a invertir en que gane.
Que vaya sola, entonces. No por descuido, sino porque, tal vez, no hay demasiadas razones para acompañarla. En política internacional, como en cualquier otro ámbito, no todo liderazgo pasado garantiza vigencia futura. Y eso también cuenta.