Adiós a la librería decana de España

18 de abril 2026 - 03:08

Cicerón dijo “si tienes un jardín y una biblioteca, tienes todo lo que necesitas”. Borges se figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Citas tan conocidas como ciertas. Al jardín de Cicerón sumaría una playa tranquila en la que leer oyendo el mar y a su biblioteca, una chimenea; para levantar de vez en cuando la vista del libro y contemplar el mar o el fuego, tan hermosos, hipnóticos y relajantes como el juego impresionista de luces y sombras de un jardín y el rumor de las hojas movidas por la brisa. Y comprendo muy bien que Borges se figure el paraíso como una biblioteca porque ellas y las librerías me han parecido siempre pequeños paraísos, desde la Librairie des Colonnes de mi infancia tangerina a la que iba con mi padre a las sevillanas Sanz, Atlántida, Pascual Lázaro, Eulogio de las Heras, Oliam, María Repiso, Antonio Machado o mi queridísima Montparnasse del siempre recordado André Duval. Más paradisíacas que los cines, esas Arcadia todas las noches de Cabrera Infante, porque a ellos se va a ver una película en una especie de prêt-à-rever (listo para soñar, como la ropa prêt-à-porter lo está para llevar), pero a las librerías se va a ojear, a dejarnos tentar, a comprar libros que aguardan pacientemente su momento. Con el libro se mantiene una relación táctil, íntima y solitaria, incluso si se lee en una biblioteca, que el cine no permite.

Leo que el próximo mes cerrará, tras haber entrado en concurso de acreedores, la librería más antigua de España y quinta de Europa. Es la burgalesa Hijos de Santiago Rodríguez, fundada por Santiago Rodríguez Alonso en 1850 junto a una casa editorial y una imprenta con un claro propósito: colocó un bronce con el rostro de Minerva en la fachada y escogió como lema La escuela redime y civiliza. Aquel año 1850 Dickens publicaba David Copperfield, nacía Robert Louis Stevenson y moría Balzac. 176 años de vida, siempre gestionada por la misma familia a través de seis generaciones, van a terminar. Una gran pérdida cultural no solo para Burgos, aunque sobre todo para ellos, también para España. Alguien –el Ayuntamiento de Burgos, la Junta de Castilla y León, el Ministerio de Cultura– debería hacer algo. Porque una librería es más que un negocio. Y una que va camino de los dos siglos es patrimonio.

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