Ausencia

14 de marzo 2026 - 03:08

Paco Molina, Ángeles Zurera y tantos otros nombres de desaparecidos que resuenan en Córdoba y más allá no pueden acabar nunca siendo solo recuerdos para la sociedad; son voces que quedaron suspendidas en el aire, miradas que no regresaron, abrazos que jamás se dieron. Cada 9 de marzo, Día de las Personas Desaparecidas sin Causa Aparente, la ciudad intenta recordarlos, pero no basta con un día: su ausencia duele todos los días del año, en cada calle, en cada plaza, en cada hogar donde alguien sigue esperando una respuesta que no llega.

La pasada semana, Córdoba se convirtió en epicentro nacional de la reivindicación de las familias de los desaparecidos. Del 5 al 7 de marzo, el encuentro nacional de la Fundación Quién Sabe Dónde Global reunió a familiares y expertos bajo el lema En su nombre, creación compartida para afrontar la ausencia. Por primera vez fuera de Madrid, el eje central del debate fue la creación de un estatuto jurídico que ampare a los desaparecidos y a sus familias, atrapadas en un limbo legal y administrativo. Isidro Molina, padre de Paco, por ejemplo, enfrenta una situación dramática: tras diez años de la desaparición de su hijo, la ley podría obligarle a darlo por fallecido para resolver herencias. “Yo no sé si mi hijo está vivo o no lo está, pero no me pueden obligar a hacerlo”, denuncia, señalando que la familia queda desprotegida. Este vacío legal convierte tareas cotidianas en “misión imposible”, y Molina insiste: “la justicia no puede seguir mirando hacia otro lado”.

Los políticos y el resto de la sociedad, tampoco. La desaparición nos toca a todos. Podría ser un vecino, un amigo, un hermano… o incluso nosotros mismos. Apoyar en sus más que lógicas reivindicaciones a las familias es un acto de amor, resistencia y compromiso: no permitir que sus nombres se olviden, acompañar a quienes buscan, exigir justicia y transformar la ausencia en solidaridad. Porque las memorias de Paco, de Ángeles y de todos los desaparecidos no pertenecen solo a quienes los conocen, los quieren y los aman; pertenecen a todos nosotros. En cada vacío hay un reflejo de nuestra humanidad compartida, en cada espera una llamada a actuar. No podemos permitir que la ausencia se diluya; debemos verla, sentirla y honrarla cada día. Recordar es un acto de justicia, y la ausencia nos enseña que el 9 de marzo debe ser todos los días del año y que la sociedad debe estar con las familias en sus reivindicaciones.

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