La novela como vivencia
30 de marzo 2026 - 03:08
La lucha por perpetuarse obliga a ciertas tradiciones –como las que llegan a Andalucía en estos días– a encerrarse en un estricto ritual. Y éste, a su vez, las empuja a deshacerse de antiguas costumbres. Es comprensible, por tanto, que, los que no comulgan con el brillo de los tiempos modernos, sientan nostalgia por ese pasado perdido. Adaptarse a lo nuevo obliga a borrar de la memoria los viejos testimonios. Pero siempre hay alguien, preocupado, que se pregunta cómo se celebraban estas festividades hace un siglo. Y existe un medio sencillo, asequible, para recuperar aquellas viejas imágenes que pueden estar en trance de perderse. Basta con encontrar unas buenas novelas escritas por un autor bien dotado que supo evocar y transmitir con verosimilitud las antiguas emociones y escenas de entonces. Un buen novelista puede transmitir, si la obra está conseguida, las viejas vivencias. No hay que apostar solo por lo real y visto, también lo literario aporta y sirve. Y existen tres novelas que muestran de manera fidedigna cómo ha cambiado este último siglo tan repleto de tradiciones y fiestas primaverales andaluzas. La primera, El embrujo de Sevilla, publicada en 1922, fue escrita por el novelista uruguayo, Carlos Reyles. Su enfoque realista le obligó a husmear, de manera incisiva, en ese mundo de religiosidad popular y vida festiva, colindante con la aristocracia y el gitanismo. A este respecto, pocas obras narrativas han resultado más logradas. Aunque cabe pensar que el título ha debido ahuyentar a los lectores e impedido que sea reconocida como el mejor testimonio literario de su época. También pone en juego esos habituales estereotipos costumbristas La Torre del Oro, publicada en 1947, del novelista francés Joseph Peyré. Un fresco, esta vez narrado con una perspectiva muy crítica, de los ambientes festivos y castizos andaluces en los meses previos a la Guerra Civil del 36. Este tríptico narrativo puede completarse recurriendo a un novelista, Alfonso Grosso, cuya labor narrativa por sí misma merece la mayor atención, pero en este caso, su novela El capirote, escrita en 1953, pero que, por cuestiones de censura, no fue publicada hasta 1964, aporta una necesaria visión para los que no quieren resignarse solo a ver lo que, en estos días, la calle les ofrece.
También te puede interesar
Por sus obras les conoceréis
Alberto González Troyano
La novela como vivencia
Algo más que un reajuste forzado
Bezzecchi vuelve a ganar y Marc Márquez remonta hasta acabar quinto
Domingo de Ramos de Córdoba 2026: El comienzo soñado en una jornada espléndida
