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La inflación flamenca

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06.04.2026

José Mercé. / J.J. Guillén - EFE

La promesa se repite. Todo ahora asegura ser espectacular, irrepetible, sensacional. Una oportunidad única o una experiencia inolvidable que no nos debemos perder. Lo vemos en las colas de guiris que compran tickets para shows de flamenco “auténtico” y “real” y también en la velocidad con que se venden las entradas de los rostros más conocidos de lo jondo o de cualquier espectáculo que se anuncie con luces de neón como un “proyecto pionero” de “artistas singulares” que ofrecen “fusiones sorprendentes”.

Vivimos en un perpetuo save the date imposible de retener. Lo que sea que sirva para alimentar esta industria voraz que, a golpe de adjetivo superlativo, busca atrapar a un público sobre estimulado e inerte con el único fin de hacer caja.

La estrategia de marketing barato que, en su frivolidad y pomposidad, recuerda las míticas presentaciones de José Luis Moreno en los gloriosos 2000 y a los carteles circenses, en su lenguaje ampuloso, sacia el hambre de novelería de una sociedad anestesiada, que prefiere el selfie en el photocall a que lo que vea en escena le trastoque la vida.

Sin darnos cuenta asistimos a una vorágine de estrenos absolutos, que se anuncian aquí o allí para desaparecer al poco; de “grandes éxitos” que se miden por sold out; de anuncios ridículos que “nos sumergen” en el work in progress del work in progress; de propuestas, al fin, donde prima el eslogan de lo “insólito” sobre la calidad artística.

“Hay flamenco por encima de nuestras posibilidades”, comentaba un aficionado en el Festival de Jerez en una reunión en la compartíamos la frustración por la proliferación de espectáculos banales que pasan inadvertidos y olvidas al día siguiente; la vuelta a los escenarios de fórmulas desfasadas y obsoletas que revelan la falta de ideas propias, y la parálisis creativa que detectamos en los últimos años.

Como sucedió con el ladrillo, el flamenco está cebando una burbuja en la que todo vale porque todo se vende. Así, lejos de invertir en políticas culturales que impulsen la creación, plantear estrategias para la creación de nuevos públicos reales, o trabajar y educar en la sensibilidad artística y el juicio crítico, se favorece la producción de productos de consumo rápido, cuya aspiración es cubrir las necesidades del mercado y presumir de cifras.

La existencia de una oferta flamenca más comercial frente a otra más minoritaria, reservada para gustos más exclusivos, ha existido desde que el flamenco pisa las tablas. Igual que han convivido los artistas creativos con otros intérpretes que han deleitado a los espectadores, aunque su obra no haya buscado trascender. Sin embargo, la inflación de la que hablamos tiene que ver más con el devenir de una época en la que apenas hay tiempo para la reflexión, la pausa y el deleite y en la que se ha perdido el interés -o el pudor- por el hecho escénico.

Entre los años 60 y 80 figuras como Antonio Gades o Mario Maya, que imprimieron sus obras de compromiso, responsabilidad y conciencia artística, y otras como Camarón, Paco de Lucía, Enrique Morente, El Lebrijano… que marcaron el tránsito hacia el flamenco contemporáneo, dejaron un poso sólido e inspirador entre otras muchas generaciones con las que convivieron, que ha permanecido vivo hasta hoy. Sin embargo, la falta de grandes compañías que den cobijo y formación a los más jóvenes y el carácter cada vez más individualista del mundo, y del flamenco, ha generado una orfandad de maestros y referentes que transmitan el valor del arte más allá del reconocimiento repentino.

En este contexto, de empresarios listos, programadores poco formados y públicos poco exigentes, se anima a cualquiera a poner en cartel su historia sin que se tenga en cuenta si tienen algo que contar o si disponen de las herramientas para hacerlo. Y, como no hay tiempo para nada, porque si quieres estar en la rueda tienes que seguir “inventando”, pues cada uno continúa cumpliendo con su papel.

Es desolador asistir a este retroceso de la creación flamenca en el que se repiten las estéticas, las temáticas y las fórmulas y se vuelve a formatos de otras épocas, desde el costumbrismo de función escolar al efectismo enlatado de los grandes formatos.

Para que un artista desarrolle su propia voz necesita nutrirse de lo que se hizo antes y de lo que se hace ahora, acudir a ver propuestas de otros compañeros y de otras disciplinas, ir a museos, al cine, a las bibliotecas, a conferencias… y, por supuesto, transformar todo eso en una inquietud que le lleve a construir una obra. Luego que se le den las facilidades necesarias para desarrollarla y la oportunidad de mostrarla.

Pero sin en vez de esperar al desarrollo natural del ciclo, forzamos la máquina y la alteramos para cumplir los deseos que hemos generado al consumidor, tendremos lo que hay: muchos títulos sin sabor.


© El Correo de Andalucía