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¿Qué les pasa a los flamencos?

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08.03.2026

Imagen de un espectáculo flamenco. / El Correo

“¿Qué os pasa?", preguntaba hace unos días la periodista Helena Resano en el informativo de la Sexta Noticias generando un gran revuelo por quienes, en lugar de sumarse a la reflexión por el incesante y aterrador crecimiento de asesinatos por violencia de género, se mantienen impasibles o se sienten insultados por la generalización. Es obvio que, como añadió después su compañero Rodrigo Blázquez, cuando nos hacemos esta pregunta “no están señalando a individuos, sino un problema estructural” y que la solución “no pasa por decir 'no todos', sino por reconocer esta realidad”. Si es que nos preocupa cambiarla.

Para los que no se hayan dado cuenta, lo que sea que os pasa es fruto de un machismo endémico que, aunque con grandes avances, continúa formando parte de nuestra educación y contaminando todas las esferas de nuestra sociedad, hasta el punto de que determina nuestras relaciones e identidad. Porque, se quiera o no ver, la desigualdad de género nos condena a todas y a todos. Y el hecho de que los hombres no vivan con esta inquietud, porque sencillamente no les afecta, no lo convierte en un asunto menor.

Viendo el espectáculo Jerez, con nombre de mujer con el que celebró el Festival de Jerez su treinta aniversario el pasado 28 de febrero, pensaba hasta qué punto este sistema patriarcal nos ha tenido alienadas que, todavía, cuando una piensa en el arte jerezano cita primero los nombres masculinos cuando de esta tierra han salido figuras como La Bolola, Maria Soleá, La Paquera, Lola Flores, Luisa Requejo, Ana Parrilla, La Moreno, La Pompi, Isabelita y Maria Juana Ruiz, Vicenta Guerra, Isabelita de Jerez, La Serneta, La Piriñaca, La Macarena , La Jerezana y Juana La Macarrona… y todas las que lo encumbran en escenarios de todo el mundo hoy día. Pongamos, por ejemplo, a las protagonistas de esta propuesta: Mercedes Ruiz, Leonor Leal, Salomé Ramírez, Melchora Ortega, Felipa de Moreno y Tamara Tañé, y a otras como Tía Juana la del Pipa, La Macanita, María Terremoto, Lela Soto, María del Mar Moreno, Gema Moneo, Macarena de Jerez o Beatriz Morales, entre tantas.

El ninguneo, la desconsideración o directamente el ostracismo que han padecido las mujeres en la cultura (como en la ciencia, la política, el deporte…) ha permitido que nos hayamos olvidado de la contribución de muchas de ellas o las hayamos relegado a un segundo plano. También que nosotras mismas nos quitemos importancia porque, como recoge la periodista Mar Gallego en su magnífico ensayo Como vaya yo y lo encuentre. Feminismo andaluz y otras prendas que tú no veías, a nosotras lo que nos enseñaron fue a callar -la generación susurro, que dice la investigadora- y llegamos a creernos tontas. Mujer, tú qué vas a saber, se titula uno de los capítulos.

Por eso, recibimos con felicidad esta gala que no sólo regaló momentos de arte, sino que recordó a quienes abrieron un camino angosto donde las mujeres siempre lo han tenido más difícil. Pese a que algunos defiendan argumentos obsoletos, que reflejan la falta de miras a la hora de abordar la cuestión, como que ahí estuvo el flamenco para aplaudir a la que quiso. Ea, y sansacabó.

Pero, sobre todo, agradecimos la generosidad, el respeto y el cariño con el que estas artistas reivindicaron a esas maestras como Angelita Gómez, Chiqui de Jerez y Ana María López, que “sostienen el legado con sus manos, sus pies y su voz”, transmitiendo desde sus academias a generaciones y generaciones de niñas “la llama para seguir bailando la vida”.

Mientras este heteropatriacado lastraba a los hombres de cualquier expresión de vulnerabilidad y los arrastraba a la competencia, la pelea y el triunfo, nosotras hemos podido desarrollar más libremente nuestra sensibilidad y hemos aprendido la importancia del abrazo y del apoyo de la vecina, la amiga y la comadre. No es que, como decía al inicio, todos los hombres sean egocéntricos e individualistas per se y las mujeres rebosemos altruismo, empatía y sororidad. Son actitudes aprehendidas y patrones impuestos que nos significan. Esos micromachismos -que de micro tienen poco- que nos rodean invisibles como el ácaro y que son el germen de la desigualdad y la violencia.

Más allá de en lo artístico, puedo asegurar que en estas casi dos décadas dedicándome al periodismo jondo de manera profesional detecto rápido el exceso de testosterona en la dirección, gestión o producción precisamente por esta manera tan masculina de construir desde el yo, sin escuchar ni prestar atención al otro, pedir colaboración, dejarse asesorar, responder cuando se le demanda, reconocer la superioridad del de enfrente o admirar su valía con honestidad. Con esa seguridad y falta de consideración que da el haber nacido sabiéndose los personajes principales de la historia.

Si salimos a la calle cada 8 de marzo y seguimos alzando la voz frente a la ausencia de mujeres en la dirección de festivales y organismos flamencos en este país; esas fotos casposas sin presencia femenina; esos carteles que no cumplen la paridad; esos corrillos en los que ellos siempre imponen sus voces, aunque no tengan nada que decir; esos comentarios que constantemente cuestionan nuestra inteligencia o intenciones, esos abusos o esa carga mental y familiar que asumimos y que nos obliga a dar un paso atrás cuando estamos en todo lo alto, es porque queremos una sociedad más sana y amable. El feminismo no es un club, es un abrazo que abriga a hombres y a mujeres. Ojalá los flamencos se sumen por el bien de todas y todos.


© El Correo de Andalucía