menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Cómo criar a los varones

10 0
08.04.2026

Un estímulo clave en esa subespecie que conformamos los licenciados en Bellas Artes es la contemplación de un contenedor rebosante. No importa ni la prisa que uno lleve ni la falta de espacio, y mucho menos las miradas inquisitivas de otros especímenes. La biología manda: hay que rebuscar. Así es como conseguí hace un par de días un ejemplar del libro window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); Cómo criar a los varones, firmado por el Dr. James Dobson.

Me llevé también las Fábulas de Esopo, una Biblia y los Proverbios y cantares de Machado, pero el librito con la portada de un perro lamiendo la cara de un niño sonriente acaparó mi atención. Quizá condicionada por esa imagen, leí lo de "criar" en un sentido casi animal. "Consejos prácticos y aliento para aquellos que están formando a la próxima generación de hombres", rezaba. ¡El libro me interpelaba directamente!

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las mujeres no han sabido el sexo de sus hijos hasta el nacimiento –cuando en lugar de asignarse sencillamente se observaba–. Así sucedió con mi madre, que no supo el sexo de ninguno de sus tres hijos hasta que nos tuvo en brazos. Pero los tiempos han cambiado. Ahora se puede conocer –y celebrar o lamentar– a las pocas semanas de gestación –cuántas red flags en esas recopilaciones de fiestas gender reveal–. En mi caso, estaba convencida de no tener preferencia –"a su casa viene", que se dice en la Huerta–, pero parece que la tendencia es hacer del sexo algo más decisivo que nunca.

Cuando el ginecólogo me dijo que esperaba una niña, sentí una alegría inmensa que me llevó a preguntarme si, en algún lugar del inconsciente, no habría albergado yo una ligera predilección. Sin embargo, unas semanas más tarde, cuando una ecografía más precisa confirmó –esta vez sin margen de duda– que era un niño, volví a experimentar esa misma alegría, igualmente intensa e indescriptible. Así que, no, no había preferencia.

Hay quien experimenta como algo traumático el conocer el sexo de sus hijos. Henar Álvarez lloró desesperadamente al saber que era un varón

Por eso me cuesta mucho entender que haya personas que experimenten como algo traumático el conocer el sexo de sus hijos –salvo que ya se tengan siete del mismo sexo, entiéndanme–. Así lo vivió Henar Álvarez, que lloró desesperadamente al saber que esperaba un varón. Narra el caso opuesto Andrea Ros en su podcast La vida secreta de las madres –que recomiendo genuinamente–: "Cuando me quedé embarazada, yo rezaba por no tener una niña, me daba tremendo pavor". Pero, cuidado, los motivos para la angustia de ambas parecen residir en el mismo lugar: "Prefiero traer a un potencial agresor que a una potencial víctima", confirma la segunda.

No quisiera yo darle impulso al famoso pendulazo, pero la dialéctica "hombre opresor vs. mujer oprimida" es una terrible simplificación, una declaración de guerra a la que tenemos que poner fin. Se trata de esa deshumanización del varón tan bien descrita por Daniel Jiménez; difícilmente puede sostenerse hoy una visión del patriarcado como opresión unilateral que beneficie a los hombres y perjudique a las mujeres. Es obvio que los roles de género existen, pero no son el fruto de un plan consciente de dominación. Aunque tradicionalmente los hombres han tenido más estatus, también las mujeres han estado más protegidas frente a la guerra y los trabajos más peligrosos. La cuestión es si estos roles obedecen a imperativos biológicos o son exclusivamente el resultado de una crianza diferenciada.

Es obvio que los roles de género existen, pero no son el fruto de un plan consciente de dominación

En cualquier caso, llama la atención el desplazamiento discursivo que ha llevado de percibir a los varones como sujetos de poder a considerarlos agresores, al tiempo que se otorga a las mujeres una posición incuestionable de veracidad: "Las mujeres no mienten jamás" –Cristina Fallarás dixit—. ¿Acaso esto no es determinismo? Cabe pensar también en cierto sesgo gamma, ese propuesto por los psicólogos Martin Seager y John Barry para explicar la distorsión por la que se exageran ciertos daños o virtudes cuando afectan a mujeres y se minimizan cuando afectan a hombres, haciendo que ellos aparezcan más como perpetradores y ellas como víctimas.

Gracias a trabajos como los del antropólogo biológico Clark Spencer Larsen también sabemos que en la evolución humana ha habido una reducción progresiva del dimorfismo que se asocia a una mayor cooperación y una crianza compartida. Es decir, que la crianza humana, mucho más larga, dependiente y compleja que la de otros animales, ha favorecido relaciones más cooperativas entre sexos. No vengamos ahora a joderlo.

O sí. La primera dama de California, Jennifer Siebel, explica que ella da muñecas a sus hijos, aunque luego éstos les arranquen la cabeza, para demostrarles que no sólo las mujeres son las responsables de los cuidados –¿qué?–. Y que cuando les lee un cuento y el protagonista es un "él", lo cambia por un "ella" para enseñarles que las mujeres también son importantes –¿¡qué!?–. Y si se portan bien, les da una galletita.

Gavin Newsom's wife Jennifer Siebel Newsom says she has tried to deprogram her boys on traditional sex roles by making them play with dolls and gender-swapping the heroes in books she reads to them pic.twitter.com/T78pyBLfps— Breitbart News (@BreitbartNews) April 3, 2026

Gavin Newsom's wife Jennifer Siebel Newsom says she has tried to deprogram her boys on traditional sex roles by making them play with dolls and gender-swapping the heroes in books she reads to them pic.twitter.com/T78pyBLfps

Gloria Steinem dijo en su momento que estábamos empezando a criar a nuestras hijas como a nuestros hijos, pero que pocos tenían el valor de criar a sus hijos como a sus hijas. ¿Implica esto reconocer que debe existir una crianza distinta? Como todo lo humano, la distribución normal de los test psicológicos de niños y niñas tiene forma de campana de Gauss, que al superponerse coinciden en el 90% –somos más humanos que sexuados–, pero el niño promedio es muy distinto de la niña promedio. Eso sí, jugando con balones o con muñecas tienen la misma dignidad; ser el protagonista no significa ser más importante.

No podemos ignorar que existen expectativas, desafíos y necesidades distintas para hembras y varones. Sin embargo, el objetivo de la crianza debe ser la autonomía; por eso, forzar las preferencias es lo contrario de educar. Desmond Morris propuso en El mono desnudo mirar al ser humano como un animal —muy evolucionado, sin duda— cuyas conductas, incluso las más culturales, hunden sus raíces en la biología. Hoy asumimos que la biología humana —el sexo— no determina directamente el sistema social, pero sí lo condiciona.

No creo que haya una única forma de criar a los varones, como no la hay para con las hembras

En cualquier caso, quien ha sido padre lo sabe: hay más cosas que vienen de fábrica de las que nos gustaría admitir. Esto no implica abrazar el determinismo ni negar el peso de la cultura y la educación. Tampoco reconocer que existan desviaciones de la norma, como es mi caso, pues en la infancia solo mostré interés por juguetes o comportamientos estereotípicamente masculinos, que no solo no se me afearon sino que se reforzaron –mi madre me elogiaba con un "machota" cada vez que demostraba mi fuerza–. Por eso no creo que haya una única forma de criar a los varones, como no la hay para con las hembras. Dependerá más bien de cada espécimen, de sus necesidades en cada momento y del contexto. Y será, en última instancia, una tarea compartida por toda la tribu.

No considero que criar a un varón sea más complejo que criar a una hembra, como tampoco creo que hoy día sea más difícil ser mujer

El caso es que después de hojearlo no me pienso leer Cómo criar a los varones. Demasiado esencialista y conservador para mi gusto, aunque me ha facilitado pensar en contra, que diría Gustavo Bueno, para ver al ser humano como homo ultrasocialis sexuatus, una especie radicalmente social constituida en una innegable diferencia sexual –no determinista pero sí relevante–. Por eso creo que tan limitante y tóxica es la crianza conservadora del varón como la que apela a ignorar las diferencias biológicas.

En definitiva, no considero que criar a un varón sea más complejo que criar a una hembra, como tampoco creo que hoy día sea más difícil ser mujer. La base de la crianza es la misma para unos y otras: hacer ver que uno puede ser y sentir lo que quiera, pero no imponerlo al mundo como norma; que la diferencia no es una injusticia que corregir. Guiar es necesario, pero siempre atendiendo a la naturaleza de la persona, entendiendo que la igualdad de derechos no lo es de oportunidades ni de resultados, que invertir los prejuicios o sustituir unas imposiciones por otras no nos hace avanzar.

Educar a los varones es ¡educar humanos! Dejemos la domesticación para los perritos.


© El Confidencial