'Tits up!' Nadie sabe lo que pueden unas tetas
Tendría yo unos catorce años cuando, estando en la terraza de Notre Dame, por misterios de la vida le comenté a un compañero –a quien yo tenía por alguien inteligente y sensible– algún asunto arquitectónico relacionado con la trigonometría y mencioné la palabra «seno». Su gesto mutó al instante. Entre condescendiente y picarón, me preguntó si yo sabía lo que significaba "seno". Me quedó claro que él no. Con este intento frustrado de mansplaining empecé a comprender el profundo poder desestabilizador que el pecho femenino tiene sobre la inmensa mayoría de los hombres –y buena parte de las mujeres–.
Yo he heredado el pecho de mi padre. No en sentido literal –por poco–. Me refiero al de mi familia paterna. Pequeño, pero bien conformado. Discreto y cómodo. Recientemente he descubierto que también es extremadamente funcional –más allá de su dimensión erógena, simbólica o cultural–. Y esta metamorfosis, causada por un embarazo y posterior lactancia, me ha permitido infiltrarme y vivir los privilegios de las mujeres de pechos generosos durante tres años. Jamás los concebí con semejante poder, en todos los sentidos: nutricional, fisiológico, afectivo… pero, sobre todo, de fascinación social.
Si algo me ha enseñado la maternidad es que no somos tan sofisticados como nos creemos. Somos animales extraños, pero animales. Mamíferos. A quien se pregunta "por qué dan tanto miedo nuestras tetas" yo le respondería que porque, a pesar del empeño de gran parte del feminismo académico, no se puede eliminar su potencial sexual, porque es nuestra naturaleza primordial. Son una fuerza ctónica. Nunca podrán ser neutrales. Como Camille Paglia, defiendo que el cuerpo femenino no es una construcción cultural ni una víctima pasiva de la mirada masculina. Es una –aterradora– fuerza natural poderosa, anterior a la cultura: "el cuerpo de la mujer es un lugar secreto, sagrado". Un témenos –como demuestra la imagen de la Virgen de la Leche, donde lo humano y lo divino entran en contacto–.
Nadie sabe lo que puede un cuerpo, escribió Spinoza. Y quizá ahí esté el nudo: olvidamos que el cuerpo no es un accesorio ideológico ni una construcción verbal que podamos desactivar a voluntad. Es potencia, es límite, es deseo. Sin embargo, las tetas –como cualquier atributo humano– pueden ser motivo de burla, de fascinación o de disputa pública.
A pesar del empeño de gran parte del feminismo académico, nustras tetas dan miedo porque no se puede eliminar su potencial sexual
Entonces, ¿tenemos un cuerpo o somos un cuerpo? Elizabeth Duval, que siempre se ha posicionado en contra de la autodeterminación de género, defiende la idea de que "encontrar no es elegir". En cualquier caso, ¿podemos sentirnos orgullosos de aquello que no hemos elegido? Yo creo que sí. Por eso estoy especialmente orgullosa de mi cuerpo, mi familia, mi patria y mi cultura. También de ser murciana, como Rosa Belmonte.
Me apresuro a decirlo cuanto antes para centrarme en lo relevante: creo que Rosa hizo bien en disculparse después del "mitad tonta, mitad tetas". Como ella misma explicó, fue inconveniente y claramente inintencionado: "Nadie sabía lo que iba a decir, ni yo misma cinco segundos antes". Sin embargo, ese indebido comentario resultó ser muy ingenioso –lo que no impide que sea ofensivo, insisto–. También fue eficaz desde un punto de vista retórico: produjo una imagen rápida y contundente –la caricatura siempre tiene algo de brillantez sintética–.
La verdadera tragedia para la aludida es que la descripción se entendió, aun sin nombrarla. Y si fue ocurrente y funcionó es porque operó del mismo modo que lo hacen los titulares de Mundo Today: son verdad.
Belmonte equivocó el foro, ya no se pueden decir estas cosas fuera de un círculo íntimo. No lo digo como algo necesariamente negativo: es un indicio civilizatorio. Prueba de ello fueron las sonrisas congeladas de sus compañeros, las miradas de pavor al saber la que se les venía encima. Estaban en lo cierto. De forma no tan espontánea, la ofendida se encargó de repartir responsabilidades: "El presentador me señaló, una señora me insultó y el resto de la mesa se rio". Se conoce que ella también maneja la hipérbole, solo que sin intención retórica, sino manipuladora.
Por supuesto, tenemos todo el derecho a reclamar que no se nos cosifique ni se nos juzgue por nuestro pecho, tanto si es natural como si es operado. Ninguna debería tener que ocultarlo ni permitir que se convierta en licencia para el menosprecio. Pero también hay que saber medir, y aquí estamos viendo una sobreactuación que evidencia los vicios del tablero inclinado. La concernida ha rechazado las peticiones de perdón y ha denunciado "una agresión sin límites". Se ha hablado de violencia, machismo, humillación, degradación y se ha afirmado que se trata de una campaña orquestada desde programas de ultraderecha. ¡Hay peticiones a la Fiscalía para que intervenga! ¿Nos hemos vuelto locos? Basta, sólo es un comentario sarcástico dicho fuera de lugar.
Prefiero a las personas que, por no renunciar a la espontaneidad, asumen el riesgo de resultar ofensivas, antes que las homilías de moralistas
La interpelada afirma haber sido "humillada por su físico" –¿puede uno autopercibirse tonto?–. Ella, por su parte, no tiene problema en caricaturizar al adversario –calvos, señoros y fachas–. Ha llegado a llamar "idiotas" a los votantes del PP y Vox. Su discurso es rudimentario, plano hasta la extenuación y nace en formato meme. Lo mejor que he escuchado al respecto ha sido este a(r)gudo comentario: el auténtico chiste involuntario es poner en tu biografía de X que eres analista política.
Yo no creo que la de Rosa Belmonte fuera una apostilla infantil ni propia de alguien zafio, irrespetuoso o inculto, al contrario, me pareció "natural", en el más radical de sus sentidos. El desatino con el que fue formulado responde también a una habilidad superior, la de debatir sin recurrir a consignas ni tirar de argumentario. Bien, yo prefiero prestar atención a personas que, por no renunciar a la espontaneidad, asumen el riesgo de resultar ofensivas, antes que volver a escuchar las homilías de los nuevos moralistas.
En cualquier caso, hablar del cuerpo de alguien no es, por definición, cosificarlo –la mitad que no aludía a la anatomía no ofendió tanto–. Satirizar no es humillar. Y obviar lo evidente, aunque sea físico, tampoco nos hace más civilizados. A veces es justo lo contrario. Detecto más voluntad de castigo, más pulsión degradante y ánimo deshumanizante en ciertas reacciones que en el imprudente comentario que las provocó.
Satirizar no es humillar. Y obviar lo evidente, aunque sea físico, tampoco nos hace más civilizados. A veces es justo lo contrario.
Asumamos, en primer lugar, que el ser humano es complejo. Poseemos atributos físicos, intelectuales, culturales y morales. Todos ellos susceptibles de ser objeto de sátira sin que por eso se esté atacando a la dignidad de la persona –la tradición literaria española así lo demuestra–. Y concedamos, en segundo lugar, que somos imperfectos, no modelos ideales. No hay mayor rasgo de humanidad que errar y tener la capacidad de perdonar.
La frase de la discordia es un préstamo de La maravillosa señora Maisel, una serie protagonizada por Midge, una acomodada ama de casa judía que en el Nueva York de finales de los cincuenta se lanza a hablar de sus fracasos personales a través de irreverentes monólogos, acompañada de su representante, Susie, la autora del "she’s half moron, half boobs". Es este mismo personaje el encargado de arengarla con un "tits up" –gesto incluido– cada vez que va a salir al escenario. Yo hago mía esta máxima. Tits up! –que no out–. En la serie se usa casi como lema vital, aunque, en slang, to go tits up también significa que algo se ha jodido –como nuestro sentido del humor–.
Personalmente, me encanta que sea una lesbiana butch la que recuerde lo poderosas que son las tetas. Y así las reivindico. Porque si nadie sabe lo que puede un cuerpo, menos aún lo que pueden unas tetas. Llevan siglos dominando el mundo.
