La valentía de la sonrisa

Hay una casa pequeña, en un pueblo, con el suelo de baldosas frías y una cocina de carbón que no se apagaba nunca. Hay una mujer que se levantó antes de que saliera el sol y que mañana volverá a hacerlo. No le sobra el dinero. No le ha sobrado nunca. Ha enterrado a gente que quería, ha pasado miedo, ha pasado hambre de la de verdad, de la que casi nadie recuerda ya en este país. Y, sin embargo, cuando cruzas la puerta, levanta la cabeza y te sonríe. Esa mujer era mi abuela María. Y entrar en un sitio donde estuviera ella era, sin más, llenarse de paz. No porque su vida fuera fácil. Más bien al contrario. Mi abuela era de pueblo, de esos que hoy llamamos la España vaciada; el suyo, además, colgado en la montaña, casi incomunicado, de los que en invierno se quedaban a solas con el frío y con lo poco que hubiera en la despensa. No tuvo estudios; tuvo manos. Crió a los suyos con casi nada, en un mundo que ahora nos parecería imposible de aguantar. Y, aun así, jamás usó su dolor como excusa para tratar mal a nadie. Me dejó grabada una frase para siempre: que los demás no tienen la culpa de tus desgracias, y que no tienen por qué aguantarte la mala cara. Así que se la guardaba. Y te regalaba la sonrisa.

Durante mucho tiempo creí que aquello era simplemente su carácter. Un rasgo, como el color de los ojos. Me ha costado media vida comprender que era otra cosa: la decisión más valiente que vi tomar a nadie, repetida cada mañana durante décadas. Lo que mi abuela hacía sin libros ni teorías es, ahora mismo, uno de los territorios más fascinantes de la psicología y la neurociencia. Vale la pena contarlo. Porque nos estamos quedando sin gente así. Y porque no hay algoritmo, por listo que sea, capaz de fabricarla.

La sonrisa es un acto: no es ausencia de problemas

Que tengas siempre una sonrisa en la boca no significa que no tengas problemas. Significa, muchas veces, justo lo contrario. Sonreír cuando te va todo bien no tiene ningún mérito. Lo difícil, lo valiente, es sonreír cuando algo se te está rompiendo por dentro.

La ciencia lo intuía desde hace más de un siglo, pero le costó horrores ponerse de acuerdo. Durante décadas, unos estudios decían que sonreír nos cambia por dentro y otros lo desmentían; incluso hubo un sonado intento de repetir el experimento original que salió mal y dejó la duda flotando en el aire. Así que en 2022 ocurrió algo poco habitual, y muy humano, en el mundo de la investigación: en lugar de seguir tirándose los datos a la cabeza, un grupo enorme de científicos de medio planeta decidió unir fuerzas justo con quienes pensaban lo contrario. Partidarios y escépticos de la idea, sentados a la misma mesa a propósito, para no engañarse entre ellos. Lo llamaron la Many Smiles Collaboration: la coordinó el psicólogo Nicholas Coles, reunió 26 laboratorios, casi 4.000 personas y 19 países, y publicó el resultado en Nature Human Behaviour, una de las revistas más exigentes que existen.

¿La conclusión? Que poner una sonrisa, aunque sea a propósito, no solo acompaña a la alegría: también puede encenderla. A veces el gesto va por delante del sentimiento. No es magia ni autoayuda de taza de desayuno: es que la cara y el ánimo se hablan en los dos sentidos, y a veces basta con que des tú el primer paso.

Seamos honestos: el efecto es pequeño. Una sonrisa no cura una depresión, y quien diga lo contrario miente o te quiere vender algo. Pero los propios investigadores señalan algo importante: los efectos pequeños, repetidos miles de veces a lo largo de los años, terminan moldeando una forma de estar en el mundo. La psicóloga Barbara Fredrickson, una de las grandes estudiosas de las emociones positivas, lo vio desde otro ángulo, y el detalle es fascinante.

En uno de sus experimentos puso a 72 personas a ver una película triste, de esas que encogen el corazón. Unas 50 no pudieron evitar sonreír en algún momento, casi sin querer. Y fueron justo esas, las que sonrieron en mitad de la tristeza, las que recuperaron antes el ritmo del corazón. Lo llamó el efecto de deshacer: las emociones positivas tienen la rara capacidad de devolver el cuerpo a su sitio después de un disgusto, de soltarle el lastre que deja el mal trago. La sonrisa no borra la pena. Pero ayuda al cuerpo a levantarse de ella.

Mi abuela no sabía nada de todo esto pero cada vez que el día venía torcido, apretaba los dientes, sonreía y tiraba para adelante:........

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