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Impostores de la felicidad

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24.07.2026

Se apagó el aro de luz y se apagó él. Un segundo antes estaba bailando. Como siempre. Como en todos sus vídeos. Saltaba, reía, celebraba la vida con esa energía que parece natural: el viaje increíble, la fiesta increíble, el producto increíble. Todo increíble. Miles de personas le siguen por eso. Porque verle es creer, durante 15 segundos, que hay gente que vive fácil, sin problemas, en una eterna felicidad.

Alguien dijo «lo tenemos». Y llegó la realidad. Primero cayeron los hombros. Después la sonrisa, que no se borró: se desmontó, como un decorado de película. Y al final quedaron los ojos. Unos ojos cansados, casi tristes, de esos que no se arreglan durmiendo. Se sentó en una esquina, en silencio, y se puso a mirar en el móvil cómo había quedado la versión feliz de sí mismo. Dos personas en un mismo cuerpo. Una para el aro de luz. Otra para después.

Podría contarte esto como una rareza del mundo de los influencers. Pero te mentiría. Porque mientras le miraba pensé en la última foto que subí. La que salió bien. La que elegí entre muchas. Y entendí que aquella escena no hablaba de él. Hablaba de nosotros.

Vivimos en una época en la que las cosas ya no terminan de pasar hasta que los demás las ven pasar. El viaje necesita su foto. La pareja, su post de aniversario. El logro, su anuncio. Y en ese camino entre vivir y enseñar, algo se va perdiendo.

Los datos son muy concretos. En una encuesta hecha en España, 1 de cada 10 personas admitió haber mentido alguna vez sobre sus vacaciones en redes sociales: fotos de lugares donde nunca estuvieron, hoteles donde no durmieron, viajes que seguían vivos en internet cuando la maleta ya estaba en casa. Y hay un dato que me parece el más honesto de todos, porque es una confesión: el 11% reconoce que publica sus vacaciones para dar envidia. Lo dice así, con esas palabras. Cuántos lo hacen sin decirlo es la pregunta que ninguna encuesta puede responder. Pero ya nos lo podemos imaginar.

Y aquí la historia se hace más grande que las redes. Porque este mecanismo no lo inventó ninguna aplicación. Lo llevamos dentro desde mucho antes.

Un equipo de la Universidad de Stanford lo midió, y el resultado da que pensar. Las personas escondemos la tristeza mucho más que la alegría. Hasta ahí, nada nuevo. Lo revelador viene después: como todos escondemos, todos creemos que los demás están mejor de lo que están. Nos equivocamos incluso con nuestros amigos más cercanos, precisamente porque ellos también esconden. Yo tapo mi tristeza y creo que tú no tapas la tuya. Y tú haces exactamente lo mismo conmigo. Cada uno se cree el único actor en una sala llena de actores.

Ese error se paga. Las personas que más se creen la felicidad de los demás se sienten más solas y están menos contentas con su vida. Y así, entre todos, sostenemos un espejismo: nos esforzamos en parecer felices porque creemos que ser feliz es lo normal. Cuando la verdad es otra. La tristeza tiene mucha más compañía de la que pensamos. Lo que no tiene es fotos.

Las redes cogieron ese viejo malentendido humano y le pusieron un motor. Un equipo de investigadores alemanes estudió a 584 personas y encontró que más de un tercio salía de la red social sintiéndose peor. ¿La causa? La envidia. ¿Y lo que más envidia despertaba? Las fotos de vacaciones de los demás. La psicóloga que dirigió la investigación lo resumió en una imagen: una foto provoca una comparación inmediata;........

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