menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El país que ya no sabe estar triste

16 0
03.07.2026

Abre el armario del baño de cualquier casa española. Detrás del paracetamol y las tiritas, hay muchas probabilidades de que esté: una caja pequeña de pastillas para los nervios o para dormir. Un orfidal, quizá. Un lexatin. Un diazepam para las noches malas. A veces ya nadie recuerda quién las recetó, ni para qué mala racha. Pero ahí siguen, por si acaso.

Multiplica esa caja por millones de baños y tienes el retrato de un país. España es el lugar del mundo donde más ansiolíticos se toman. No de Europa: del mundo. Lo dice la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, el organismo de Naciones Unidas que vigila estos medicamentos. Cinco millones de personas, 1 de cada 9, abren un blíster cada día.

Y aquí viene lo que inquieta. No los tomamos porque seamos el país más triste del planeta. Cuando se comparan las cifras, resulta que sufrimos de ansiedad y de depresión más o menos como cualquier vecino europeo. Ni más, ni menos. Entonces, ¿por qué nosotros vaciamos el botiquín y ellos no?

La respuesta no está en la enfermedad. Está en algo que hemos aprendido a hacer, casi sin darnos cuenta, cada vez que la vida aprieta.

Así que este no es, en el fondo, un artículo sobre pastillas. Es un artículo sobre nosotros.

¿Cuándo la tristeza dejó de ser tristeza?

Eso que hemos aprendido a hacer es tratar la vida normal como si fuera una enfermedad.

Piénsalo. Los nervios de la noche antes de un examen. El bajón después de una ruptura. El desasosiego de no saber qué será de ti dentro de cinco años. No dormir la víspera de algo importante. Nada de eso es un trastorno mental. Es, sencillamente, estar vivo. Pero al primer pinchazo de angustia, la mano va sola hacia el cajón.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que estar triste era estar triste. Hoy, demasiadas veces, es un diagnóstico esperando receta.

Los que lo ven de cerca llevan tiempo avisando. Javier Prado, psicólogo clínico, lo dice sin rodeos: estamos medicando los problemas de la vida. Y Anna Romeu, del Colegio de Psicología de Cataluña, lo lleva un paso más allá: al ponerle una pastilla a cada tristeza corriente, estamos infantilizando a la sociedad entera. Tratando como enfermo a quien solo está, de manera perfectamente sana, pasándolo mal.

España es el lugar del mundo donde más ansiolíticos se toman

Porque sentirse mal, a veces, no es una avería. Es un aviso. El cuerpo diciéndote que algo en tu vida pide un cambio. Y la pastilla, que calla el aviso, también te deja sin el mensaje. Es como apagar la luz roja del salpicadero sin asomarte nunca a mirar el motor.

La generación que lo quiere todo ya

¿Y por qué ahora? ¿Por qué aquí? Porque hemos montado, sin darnos cuenta, el mundo más impaciente de la historia.

Es martes y ha sido uno de esos días. Llegas a casa reventado, con un runrún por dentro que ni sabrías nombrar. Pides la cena desde el sofá y en veinte minutos la tienes. Pones una serie y arranca en el segundo justo. Le escribes a alguien y te contesta al momento. Esta noche todo llega rápido. Todo, menos una cosa: ese malestar que sigue ahí, agarrado al pecho, y que no se va por mucho que toques la........

© El Confidencial