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El naufragio de la voluntad: cuando el mal se entrega a domicilio

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El cristal de la copa de Elena se empaña por el frío de la cerveza, un alivio momentáneo frente al bullicio del bar madrileño. Frente a ella, el chico de la aplicación de citas sonríe; es el tercer encuentro y la conversación fluye con una naturalidad que nada hace sospechar. Él es atento, divertido, proyecta esa seguridad que hoy parece un lujo. Él le ofrece otra ronda.

Mientras ella se gira apenas un segundo para saludar a una amiga que acaba de entrar, un polvo blanco, inodoro e insípido, se disuelve con una eficiencia aterradora en el fondo de su vaso. Elena da un sorbo. No nota nada. Ni un sabor amargo, ni un olor extraño. El veneno es tan invisible como la intención de quien lo sirve.

Unos minutos después, el ruido del local se convierte en un zumbido sordo. Los bordes de la realidad empiezan a deshilacharse como una cortina vieja. Elena intenta articular una palabra, pero su lengua se ha convertido en un trozo de papel de lija. Es la xerostomía en su grado más violento: la escopolamina ha «apagado» sus glándulas salivales, dejando su boca tan seca que el simple acto de tragar le provoca un dolor áspero, una mudez forzada que le impide pedir ayuda, aunque quisiera.

Al mismo tiempo, sus ojos dejan de pertenecerle. Sus pupilas se expanden hasta devorar el iris, un fenómeno llamado midriasis inducida. Sus ojos, ahora dos pozos negros e indefensos, han perdido la capacidad de contraerse ante la luz.

Elena queda cegada por las bombillas del bar, que se transforman en puñales de claridad que le impiden enfocar la cara de su agresor o encontrar la salida. Su corazón, mientras tanto, golpea contra las costillas con una taquicardia frenética, una alarma interna que grita peligro mientras su voluntad se desvanece en una marea de desorientación y confusión.

Pero lo peor no es el colapso físico, sino la ejecución quirúrgica de su «yo». No hay mareo, no hay lucha, no hay ese instinto de huida que nos ha mantenido vivos como especie. Lo que emerge es una docilidad repentina y monstruosa. Lo que le está ocurriendo a Elena tiene un nombre técnico en la literatura criminal que hiela la sangre: el «million dollar ride» (el paseo del millón de dólares).

El paseo hacia el abismo: La muerte de la resistencia

Este término, nacido en las calles de Colombia y extendido por toda Sudamérica desde los años 50, describe un secuestro biológico donde la víctima no es arrastrada por la fuerza, sino que camina «voluntariamente» hacia su propia ruina. Es la anulación absoluta del ser humano.

Elena ya no es Elena; es un autómata que obedece ciegamente. Ella asiente mientras él la conduce fuera del bar, asiente mientras él le arrebata las claves de su vida frente a un cajero, y asiente, con una sonrisa vacía y aterradora, mientras él la traslada a un hotel para hacerla suya.

Bajo los efectos del veneno, se produce lo que los expertos denominan la muerte de la resistencia. Bajo los efectos del veneno ocurre algo devastador: la capacidad de resistirse de Elena desaparece. La droga apaga la parte del cerebro que nos permite recordar con claridad, pensar con lógica y reaccionar ante el peligro.

Elena entra en un estado de obediencia automática en el que, aunque quisiera, no puede decir "no". No hay lucha, no hay gritos, no hay huida; el cerebro ha perdido por completo la capacidad de evaluar el peligro o de reconocer la agresión.

Su voluntad ha sido asesinada antes que su cuerpo. Mañana despertará sola, con la piel marcada y un vacío de doce horas en su alma provocado porque su cerebro, sencillamente, dejó de fabricar recuerdos mientras era violada. El «yo» de Elena ha naufragado en un mar de química y desprecio.

El mercado de la deshumanización: Madrid, 2026

¿Cómo logró ese chico el veneno? No tuvo que buscar en callejones oscuros ni contactar con peligrosos traficantes de armas. Le bastó con entrar en TikTok o Telegram y contactar con una red criminal que opera en Madrid con la frialdad y eficiencia de una empresa de logística de última milla. Por apenas 250 euros, esta mafia le entregó la escopolamina en mano en menos de una hora, bajo el reclamo de «entrega rápida en Madrid», garantizándole el «crimen perfecto».

Lo que provoca una repulsa física no es solo la venta, sino el marketing del horror. Este entramado promociona su mercancía usando los relatos de víctimas reales —mencionando fisuras anales, moratones y robos totales— como si fuesen reseñas de éxito comercial en una plataforma de e-commerce. Publicitan que la sustancia «anula la voluntad de la víctima que luego no recuerda nada», utilizando el trauma ajeno para demostrar a sus compradores que la anulación de la persona es «total».

Aquí el dato científico choca frontalmente con la podredumbre social: existe una demanda real de hombres que creen que pueden comprar el derecho a anular a otra persona. Es la comercialización de la libertad ajena por el precio de una cena. Esta red incluso aprovecha hitos comerciales como la Navidad o el Black Friday para ofrecer descuentos del 50% en sustancias destinadas a la violación, integrando el mal absoluto en las dinámicas del consumo masivo.

El espejo de urgencias: La trampa del «consumo normal»

Mientras Elena lucha por recuperar los fragmentos rotos de su vida, los laboratorios de toxicología nos devuelven una realidad que estremece por su cotidianidad. En un estudio pionero realizado en el Hospital Clínico San Carlos (HCSC) de Madrid, que analizó 514 casos de sospecha de sumisión química entre 2015 y 2023, la escopolamina —el veneno de Elena— solo apareció de forma excepcional, en el 0,3% de los análisis.

¿Significa esto que el peligro es un mito mediático? Todo lo contrario. Significa que el mal es mucho más camaleónico y cercano de lo que estamos dispuestos a admitir. La verdadera epidemia es lo que la ciencia denomina Sumisión Química Mixta, presente en el 68,5% de los casos atendidos en urgencias.

En estos episodios, el agresor no necesitó polvos exóticos; le bastó con aprovechar el consumo voluntario y socialmente normalizado de alcohol o cannabis de la víctima para asestar el golpe. El alcohol etílico, esa sustancia que llena nuestras terrazas, celebraciones y momentos de relax, es el responsable del 53% de los positivos en delitos de sumisión.

Hemos normalizado tanto la embriaguez, el «perder el punto», que ya no distinguimos dónde termina la fiesta y dónde empieza el secuestro sistemático de la voluntad.

La frontera rota: Porno, porros y el grito del psiquiatra

Este horror no nace en el vacío, sino en el silencio de una cultura que ha decidido bajar la guardia. Preparando una investigación para un programa de televisión, me encontré con un psiquiatra especializado en adolescentes cuya mirada reflejaba un miedo profundo. No era el miedo a una droga nueva, sino el miedo a lo que estamos permitiendo que ocurra en los cerebros de nuestros hijos: la normalización de la compulsividad.

Estamos ante una sociedad que ha bajado los umbrales de la percepción del daño de forma suicida. Un ejemplo medible es el cannabis. Según el estudio Monitoring the Future 2025, la percepción de «gran riesgo» por el uso regular de marihuana entre estudiantes de último curso de instituto ha caído de forma estrepitosa: del 58% en el año 2000 al 36% en 2024.

Es lo que los expertos llaman el «olvido generacional»: las nuevas cohortes ya no temen al daño porque han dejado de ver las consecuencias más crudas del abuso en su entorno inmediato. Pero, mientras el miedo baja, el veneno se concentra.

La trampa del THC: El «porro» ya no es lo que era

Lo que muchos padres desconocen es que el cannabis actual no tiene nada que ver con el de hace dos décadas.

En Europa, la potencia del hachís y las resinas ha alcanzado niveles récord, situándose entre el 23% y el 25% de THC. Es lo que los científicos llaman el «efecto embudo»: una potencia tan descomunal supone un impacto violento contra un cerebro que aún no ha terminado de construirse. Es como intentar meter el motor de un coche de alta competición en la estructura de plástico de un coche de juguete: bajo esa presión, algo se va a romper irremediablemente.

El secuestro del cerebro adolescente

El drama ocurre en el silencio de las sinapsis. El cerebro humano no termina de madurar hasta los 25 años. Durante esa etapa de plasticidad extrema, el sistema de recompensa es una esponja sensible que hoy está siendo secuestrada.

La colonización de la dopamina: El THC actual o el consumo masivo de pornografía actúan igual: inundan el circuito de recompensa con dopamina. El cerebro adolescente memoriza rápido la lección más peligrosa: «esto me da un placer inmediato e imbatible».

La escalada de intensidad: Con el tiempo, el circuito se «insensibiliza». El adolescente entra en una espiral donde ya no busca sentirse bien, sino dejar de sentirse mal. Necesita más frecuencia, más potencia y más novedad (ya sea en el género del porno o en la pureza del hachís) para obtener el mismo alivio emocional. El desplome del CI: La ciencia es implacable. El uso frecuente de cannabis de alta potencia en la juventud se asocia directamente con un descenso en el cociente intelectual (CI) y daños persistentes en la memoria y el aprendizaje.

El daño agregado: Una sociedad que se erosiona

La normalización es una tecnología cultural que baja el «coste psicológico» de empezar. Cuando un adolescente cree que «todo el mundo lo hace», desaparece la barrera de protección. El resultado es vital: una erosión del capital educativo que se traduce en peores notas, absentismo y abandono escolar.

Pero hay algo más oscuro: la vulnerabilidad ante el mal. Al normalizar la pérdida de control —por el alcohol, por los porros o por la desensibilización sexual que genera el porno—, estamos creando el escenario perfecto para que mafias como las de la escopolamina operen con impunidad. Si un joven no percibe el riesgo de anular su propia voluntad con una sustancia, ¿cómo va a identificar que alguien está intentando anular la de la persona que tiene al lado?

La risa que silencia: El humor como disciplina

Lo más perverso de esta normalización es que ha encontrado un aliado en la pantalla de nuestros móviles: el humor digital. El análisis sociológico de los memes revela que las bromas sobre violaciones o sumisión química no son transgresoras; son humor disciplinario.

Estos chistes comparten una lógica: empatizan con el agresor poderoso —el «pobre» cuya vida se arruina por una denuncia— mientras reducen a víctimas como Elena a un simple objeto de mofa o un accesorio del chiste. Al reírnos de un meme sobre «poner algo en la copa» o sobre una chica que «no se entera de nada», estamos validando el esquema cognitivo que la culpabiliza a ella por estar allí y exime de responsabilidad al que compra veneno por Telegram. La risa es el sonido de nuestra propia autodestrucción moral.

El muro de los valores

Lo que le ocurrió a Elena no fue un accidente. Fue una ejecución quirúrgica de la mente. Mientras otras sustancias te dejan inconsciente, la escopolamina tiene un objetivo más oscuro: asesinar la voluntad conservando la vigilia. Es un secuestro biológico que desconecta los cables de la autonomía personal. Por esa razón, no podemos seguir tratando la historia de Elena como un simple suceso. Tenemos la responsabilidad inmensa de poner palabras donde antes había silencio.

La comunicación debe dejar de ser un contador de tragedias para convertirse en un puente hacia la educación en valores: el respeto a la autonomía ajena no es negociable y la libertad no es el derecho a someter para obtener gratificación. Si un adolescente normaliza que su única vía de escape es una sustancia o una pantalla, estamos pavimentando el camino para que las mafias sigan entregando impunidad a domicilio.

Debemos aprender a mirarnos más a los ojos y menos a las pantallas para reconstruir los diques de la dignidad humana. Porque si el relato del naufragio de Elena no nos provoca una repulsa absoluta, es que nosotros también nos hemos hundido con ella en ese bar madrileño, bajo la marea invisible de una sociedad que olvidó cómo respetar.


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