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Cuando veranear consiste en convalecer

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24.08.2026

El cuerpo no atiende a calendarios y se limita a caducar antes de tiempo. Agosto tan solo levanta el acta. Arribamos a sus márgenes portando una fatiga pesada que hemos aprendido a maquillar de trámite, una suerte de balance contable de las fuerzas antes del desahucio definitivo. Dormir sin alarma, nadar hasta perder la noción del fondo, rescatar lecturas aplazadas y restituir la paciencia. Todo parece un despliegue de diletancia festiva hasta que reparamos en las secuelas de la temporada. Nos marchamos con la consigna de descansar o de recuperar el resuello. Invocamos incluso la necesidad de cargar las pilas, una metáfora profundamente siniestra porque exige admitir de forma explícita que operamos durante once meses con la lógica estricta de un electrodoméstico sometido a desgaste. Un robot doméstico de limpieza cuya ceguera no le impide llegar a la estación de carga cuando titubean sus fuerzas. Y cuyo depósito de miserias requiere una evacuación.

Mi caso, ya disculparán, goza de la ventaja de una obscena literalidad. Hago entrada en las semanas estivales escoltado por suturas, apósitos y el fantasma de una motocicleta ausente. La convalecencia aborrece las alegorías cuando nos obliga a medir los avances en centímetros de epidermis restaurada. Una rodilla que negocia........

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