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Así es como Santiago Abascal tortura y humilla a Feijóo

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26.02.2026

Resulta que Feijóo había depositado en el altar de Abascal un testamento de sumisión. Era una capitulación, un "documento marco" que exhalaba el aroma del incienso y del miedo, y que sometía la idiosincrasia versátil del Partido Popular a la doctrina integrista de Vox. Familia, cambio climático, paguitas, antiwokismo, adoctrinamiento escolar, seguridad, inmigración y patriarcado: el catálogo completo de las obsesiones de Bambú lo asumía Génova con una mansedumbre estremecedora y... contraproducente.

Tan contraproducente que a Santi Abascal han parecido asustarle los términos del propio programa político —el espejo— y ha decidido rechazarlo como si refutara el transformismo del PP. Feijóo hace un enorme esfuerzo por parecerse a Abascal en sus necesidades políticas, pero Abascal no quiere parecerse a Núñez Feijóo ni mucho menos sentirse imitado. Suyo es el "copyright" que aloja la receta del antisanchismo, como suya ha sido la indignación al sentirse tratado como un salvaje en la frontera del constitucionalismo.

Así es que la relación patológica entre ambos líderes evoca la Habanera de Carmen: "Si tu ne m’aimes pas, je t’aime; si je t’aime, prends garde à toi!". Si Feijóo se acerca, Abascal se aleja. Si el gallego intenta formalizar el abrazo, el jinete de Amurrio espolea el caballo y lo deja cubierto de polvo.

A Santiago Abascal le interesa retratar a Feijóo en su absoluta dependencia. Le conviene especular con la estrategia, estirar la manta de la incertidumbre y sacar rédito en las plazas autonómicas mientras el líder del PP se desdibuja en una parodia fallida.

El PP ya no disimula sus ganas de maridaje, de identificación plena con el socio que lo abochorna en público, pero al que necesita para respirar. Es la tragedia de quien teme a la ultraderecha y, precisamente por ello, termina por mimetizarse con ella, creyendo que el disfraz le otorgará las mejores armas del cortejo.

La ventaja táctica de Abascal consiste en que navega con el viento a favor de la historia reciente. Las inercias del antisanchismo lo llevan en volandas, lo propulsan por encima de sus propias contradicciones. Todo le sale bien, acierte o se equivoque, porque habita en un insólito régimen de inmunidad y de gloria electoral. Incluso la rebelión de Ortega Smith, descriptiva de un cisma y de una crisis endogámica en cualquier otra organización política, se percibe como un mero ejercicio folclórico, un zapateado de testosterona que no altera ni conmueve la jerarquía del caudillo.

Abascal ha aprendido que conviene retrasar la entrada en los gobiernos. Elude así la fagocitación del partido grande, la digestión lenta que el PSOE aplicó a Podemos. Prefiere quedarse en el umbral, cobrando el peaje de la humillación diaria a Feijóo, antes que desgastarse en la gestión de las consejerías.

La lección que no parece haber asimilado Abascal concierne a los peligros del personalismo. Incurre en el defecto del mesianismo que ya devoró a Pablo Iglesias y a Albert Rivera. Aquella "nueva política" que venía a asaltar los cielos o a regenerar la patria terminó subordinando el movimiento entero al carisma y a los caprichos de sus fundadores. Cuando el partido se convierte en una extensión de la biografía del líder, el destino de la organización queda ligado a su estado de ánimo y a sus vaivenes. Empezando por la soberbia con que Abascal ha despreciado la mendicidad de Feijóo..

El líder del PP no sabe cómo relacionarse con el fenómeno. Lo imita por pánico y lo corteja por necesidad. Feijóo ha pasado de la "distancia infinita" a la entrega incondicional, sin comprender que para Abascal el placer no reside en el pacto, sino en el sadismo con que desempeña las negociaciones. Le gusta ver al PP sudar en el banquillo de los acusados de la corrección política, mientras él mismo decide cuándo y cómo le concede el permiso para gobernar.

La tortura continuará porque es rentable. A Santiago Abascal le funciona el papel de verdugo estético y a Feijóo parece haberle gustado, a su pesar, el papel de mártir de una derecha que ya no se reconoce a sí misma ni oculta sus pulsiones oscurantistas. El PP ha entregado las banderas y ha arriado las velas, esperando que el viento de Vox lo lleve a la Moncloa. Como sea.


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