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¿Santiago Abascal en la Moncloa?

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16.02.2026

Las interrogaciones que delimitan este artículo —¿Santiago Abascal en la Moncloa?— describen un movimiento inminente e inevitable de la política española. Conviene empezar a familiarizarse con la llegada del timonel de Vox al núcleo del poder ejecutivo, aunque sea para abastecernos preventivamente de los anticuerpos.

Y no es imprescindible que Santiago Abascal desembarque en la Moncloa como presidente para que su presencia condicione el paisaje y determine el destino de los ciudadanos. Basta con imaginarlo en la antesala, en un despacho adyacente, ejerciendo de escudero con galones de vicepresidente y con la autoridad intimidatoria que su figura suscita entre aliados y adversarios.

El ascenso de Vox se antoja irremediable incluso prescindiendo de la estrategia holgazana de Abascal. No es tanto un mérito del partido como una consecuencia del clima emocional que atraviesa el país emotiva y justicieramente. El voto del cabreo, la energía trepidante del antisanchismo, la pulsión de castigo abastecen el ciclo virtuoso de Vox más allá incluso de los esquemas ideológicos.

Cuesta trabajo creer que el 20% de los españoles se haya mudado a la ultraderecha, pero la adhesión temperamental a la ola de Vox debería interrogar la responsabilidad de los votantes, no ya por cuanto suscriben un modelo de sociedad reaccionario y oscurantista, sino porque resulta del todo ingenuo y supersticioso pensar que la cuadrilla patriotera de Vox, tan eficaz en el plan de evacuación de Sánchez, sea mínimamente capaz de implantar las soluciones y de gestionar las emergencias de la nación a la vera de Feijóo.

El estado de gracia de Abascal respira en la nuca del anfitrión monclovense, mientras el líder popular se debate entre la tentación de imitar a Vox y el miedo a demonizarlo. Ambas opciones resultan imperfectas, pero asumen implícita o explícitamente que Abascal se ha convertido en el árbitro emocional y factual de la derechona.

Lo demuestran los pactos de investidura candentes en Extremadura y Aragón. Si Vox entra "a saco" en los gobiernos autonómicos reclamando las carteras que encarnan sus dogmas -memoria histórica, seguridad, inmigración, medio ambiente, identidad-, corre el peligro de desgastarse antes de tiempo.

Gobernar exige matices, renuncias, pragmatismo, desvaríos doctrinales. Y Vox se alimenta precisamente de lo contrario. de la pureza doctrinal, del rechazo al sistema, de la promesa de una regeneración que solo puede mantenerse intacta desde la oposición y desde el recelo al sistema bipartidista.

Mantenerse al margen, optar por la abstinencia institucional, supone en cambio arriesgarse al peligro de la irrelevancia y de la cobardía. El votante español no siempre perdona la ambigüedad. Y menos aún la disculpa de un electorado que ha depositado en Vox la expectativa de una ruptura. Por eso Abascal duda, calcula, mide cada gesto. Sabe que su fuerza radica en no contaminarse, pero también es consciente de que la oportunidad de influir en gobiernos reales es demasiado tentadora como para dejarla pasar sin más.

El dilema se resolverá, inevitablemente, en las generales. Será entonces cuando Abascal comience a fantasear con un despacho en la Moncloa. Puede que no el principal, pero sí uno lo bastante cualificado para asistir en primera fila a la salida de Sánchez y al cambio de guardia. Vox ha logrado convertirse en el atajo más vehemente para desalojar al presidente. Con el cabreo se gana, pero no se gobierna.

La historia reciente ofrece un precedente elocuente. Pablo Iglesias alcanzó el éxtasis de los 71 diputados con Podemos, prometiendo una revolución democrática que se evaporó en cuanto el partido asumió responsabilidades de gobierno. Las distopías y utopías populistas se desmoronan cuando chocan con la burocracia, con la aritmética parlamentaria, o sea, con la realidad. Vox no constituye una excepción. Su fuerza radica en la denuncia, en la épica y en la promesa de un país imaginario.

La ventaja para la nación consiste en que, esta vez, la imposibilidad de llevar a cabo el programa electoral representaría una magnífica noticia. Mejor que no se cumplan los planes antiglobalizadores y antieuropeístas. Y mejor aún que se descalabre el negacionismo climático, la doctrina antifeminista, el aroma confesional, la política supremacista y la retórica patriotera. Nada más llegar al poder y consumada la evacuación de Sánchez, Abascal debería presentar la dimisión. Lo que no hizo Iglesias creyéndose el mesías.


© El Confidencial