El peaje de Ormuz: cuando el mercado deja de creer en finales felices

Hoy es Domingo de Resurrección. Día de esperanza, de fe, de creer —o al menos intentarlo— que incluso después del momento más oscuro hay un punto de inflexión.

Este jueves, en Vélez-Málaga, tuve la oportunidad de ver algo que va mucho más allá de lo religioso: la fortaleza de la gente. En la procesión de Cristo "El Rico" (Real Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno) y la Piedad, uno entiende de verdad lo que significa la fe. No como concepto abstracto, sino como suma de cariño, esfuerzo y trabajo constante. Porque al final, lo que parece perfección no es más que la consecuencia de muchas horas invisibles… sostenidas, sobre todo, por la fe.

Quizá por eso, el contraste con lo que vemos hoy en los mercados es tan evidente.

Aquí también hay fe. Pero de otro tipo.

El mercado sigue comprando un guion bastante cómodo: EEUU presiona, Irán reabre Ormuz, se declara victoria y todo vuelve —más o menos— a la normalidad. La famosa ventana de 48 horas encaja demasiado bien con ese relato.

El problema es que ese guion está escrito en Washington… y no en Teherán.

Trump entró en este conflicto convencido de que una campaña aérea bastaría para forzar una rendición rápida. Puede que aún ocurra, pero ahora mismo no lo parece. Irán no responde bajo una lógica clásica de coste-beneficio: cuando se le presiona, tiende a escalar. Y eso cambia bastante las reglas del juego.

Porque si Irán no cede, Estados Unidos se queda sin una salida limpia. O escala más… o se retira. No hay ese punto intermedio cómodo donde la presión, por sí sola, genere un resultado ordenado.

Y cuando no hay resolución clara, lo que aparece no es un final… es otra cosa.

Ahí está el verdadero giro —y quizá el que el mercado todavía no termina de digerir del todo.

Cada vez más inversores empiezan a contemplar que Ormuz no se reabra plenamente. Que lo que surja sea algo más incómodo, pero estable: una especie de "régimen de peaje". Un cliente me lo resumía esta semana de forma bastante cruda: o pagas, o despliegas una armada para garantizar el paso. Y como lo segundo es caro, complejo y políticamente difícil de sostener… lo primero empieza a parecer más realista de lo que muchos quieren admitir.

Irán necesita liquidez. La región, por sí sola, no parece capaz de resolver esto. Y EE.UU., llegado el caso, podría terminar tolerando cierto nivel de disrupción si eso evita una escalada mayor.

Así, lo que empezó como un shock geopolítico empieza a parecerse a algo mucho más reconocible para los mercados: un impuesto —no declarado— al comercio global.

No es bueno para el crecimiento. Pero tampoco es lo peor.

Y eso, en parte, explica por qué el petróleo sube sin descontrolarse y las bolsas aguantan mejor de lo que cabría esperar. El mercado no está descontando el caos. Está descontando fricción.

Un lastre… no un colapso.

Ahora bien, este equilibrio tiene condiciones. Y el tiempo es la más importante.

Si la disrupción se resuelve en semanas, el impacto será manejable. Si se alarga más allá de finales de abril —cuando empiecen a agotarse reservas estratégicas y crudo en tránsito— el escenario cambia bastante. Brent deja de mirar a 90 y empieza a mirar a 120… o incluso más. Y ahí ya no hablamos solo de desaceleración, sino de algo más incómodo.

El problema es que el mercado, por ahora, sigue descontando lo primero.

Quizá con demasiado optimismo.

Porque además empiezan a aparecer efectos secundarios. Un sistema de peajes en Ormuz abre dudas sobre la hegemonía del dólar, especialmente si parte de esos pagos empieza a hacerse en otras divisas. Menor demanda marginal de USD, menor reciclaje hacia activos americanos. No es inmediato, pero tampoco es irrelevante.

Y en paralelo empieza a asomar otro riesgo: el político.

Algunos inversores ya contemplan —aunque todavía de forma bastante tímida— que Trump pueda utilizar el conflicto para justificar medidas excepcionales a nivel doméstico. Si esa narrativa gana tracción, el impacto deja de ser solo geopolítico. Empieza a afectar directamente a los activos estadounidenses: presión sobre el dólar, sobre las bolsas… y probablemente sobre la parte larga de la curva.

Y en medio de todo esto, la Fed: Atrapada.

Inflación al alza —impulsada por oferta— y crecimiento debilitándose. Subir tipos en ese entorno es complicado. Bajarlos, con la inflación aún por encima del 3%, tampoco parece una opción clara. Es, probablemente, el peor equilibrio posible: poco margen real de actuación.

A corto plazo, los datos siguen aguantando. El empleo rebota, el consumo resiste. Pero empiezan a verse pequeñas grietas: menor participación laboral, menos contratación, más subempleo.

Nada dramático. De momento.

Pero suficiente para que las valoraciones empiecen a ajustarse… casi sin hacer ruido.

Con beneficios algo más flojos y múltiplos exigentes, el mercado no necesita una crisis para corregir. A veces basta con perder inercia.

No estamos ante un crash. Estamos ante algo más incómodo: una erosión lenta.

Menos volatilidad de la que uno esperaría, caídas más ordenadas, coberturas caras. Exactamente el tipo de entorno donde el riesgo no desaparece… simplemente se vuelve más difícil de gestionar.

El mercado sigue buscando un final rápido. Un titular limpio. Una resolución ordenada.

Pero quizá la lección —también en un día como hoy— es otra. No todo shock termina en redención inmediata.

A veces, lo que viene después no es la normalidad...sino una nueva realidad.

Y en Ormuz, esa realidad empieza —poco a poco— a tener precio.


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