Sánchez y la sesión de autoayuda de la izquierda en Barcelona

La nueva derecha radical ha tenido muchos éxitos. Pero uno de ellos resulta especialmente paradójico. Se trata de un movimiento nacionalista, antiglobalizador, antielitista y contrario a toda forma de multilateralismo. Y, sin embargo, se ha convertido en un movimiento global muy bien coordinado, que se retroalimenta ideológicamente, que ha creado una nueva élite y que utiliza una vasta red de financiación cruzada para alimentar think tanks, medios de comunicación e intelectuales.

Tradicionalmente, era la izquierda quien disponía de esas cosas. Y sigue disponiendo de ellas, por supuesto. Pero ahora se siente superada y está empeñada en presumir de que aún es el movimiento ideológico global por excelencia, que está coordinado y que cuenta con líderes y recursos internacionales.

Esa es, en parte, la razón por la que este fin de semana se celebró en Barcelona una kermesse progresista consistente en dos eventos entremezclados. Tuvo un elocuente sesgo geográfico: los representantes más importantes fueron líderes latinoamericanos, seguidos de los africanos; la mayoría de los estadounidenses se limitaron a mandar un vídeo y los europeos fueron, por lo general, y dicho con el máximo respeto por la presidenta de Irlanda y el primer ministro de Albania, de segunda fila. También tuvo un nítido objetivo político: presentar a la izquierda como la única alternativa democrática y basar su atractivo electoral en la oposición a Donald Trump. También se presentaron varias propuestas ideológicas que han perdido popularidad, como la lucha contra el cambio climático, y la nueva obsesión del anfitrión, Pedro Sánchez: regular las redes sociales. Fue una mezcla peculiar que aunó la retórica de lo que en el pasado se llamaban "países no alineados" con unas gotas de tecnocracia. De hecho, en esas dos cosas, el lenguaje de la solidaridad antiimperialista y la solvencia económica, se basa toda la comunicación política de Sánchez.

Sin embargo, este intento de revivir el discurso y la solidaridad de la izquierda fue solo una de las razones de esos eventos. La otra, obviamente, es el reiterado intento de Sánchez de huir de la situación interna de su Gobierno y su partido. El primero es incapaz de sacar adelante su agenda legislativa debido a la falta de una mayoría parlamentaria suficiente; el segundo, vive en un perpetuo estado de angustia por las grotescas revelaciones de corrupción y malas prácticas del juicio a José Luis Ábalos y Koldo García. Mientras Sánchez actúa como el líder de una cruzada global contra el fascismo, puede olvidarse del declive de su mandato y tener la esperanza de convencer a sus votantes de que eso es lo único a lo que deben prestar atención.

Una sesión de autoayuda

Pero las dos razones se tradujeron al final en lo mismo: la autoayuda. Incluso para quienes creemos que esta nueva derecha es un verdadero peligro para la democracia liberal, los argumentos de los reunidos en Barcelona fueron intrascendentes o ridículos. Para empezar, la arrogancia de pensar que solo la izquierda es la garante de la democracia, y más viniendo, en algunos casos, de países con democracias muy defectuosas. "Democracia significa elevar el amor por encima del odio, cultivar la generosidad en lugar de la avaricia, la fraternidad por encima de la guerra", dijo la presidenta de México Claudia Sheinbaum. "No es América primero, es la humanidad primero", dijo Tim Walz, el gobernador de Minnesota. Sánchez afirmó que "los ultras y las derechas gritan […] porque saben que su tiempo se acaba", lo cual es por lo menos discutible; "y porque saben que su ortodoxia neoliberal […] murió en 2008 con la gran crisis financiera". Esto último es un claro reflejo de que no ha entendido en qué consiste la nueva derecha, que pretende acabar con algunos de los rasgos más característicos del neoliberalismo, como el libre mercado y la globalización. La estrella económica invitada fue Mariana Mazzucato, cuyas ideas, relativamente innovadoras hace una década, forman parte ahora del menú más trillado del progresismo europeo, y cuya propuesta principal, presentada junto con el ministro de Economía Carlos Cuerpo, fue nada menos que un Consejo Global para la Economía del Bien Común. La tertuliana Sarah Santaolalla participó en una mesa redonda con el asombroso título "Influir desde el lado correcto de la historia". La mayor ironía de esa serie de eventos es que Sánchez afirmara en uno de ellos que la derecha "tiene pocas ideas".

Seguramente, el tono mitinero y simplista de esta serie de actos no importará demasiado a la izquierda, que necesita creer que está en auge —"baño de progresismo global", "chute de moral", decía la crónica de eldiario.es— y seguir ignorando que, en la mayoría de los países, la clave para detener la oleada de derecha radical está en la robustez de los moderados, no en el discurso altermundista. Pero, en todo caso, la lucha contra el iliberalismo requiere algo más que esta clase de sesiones de autoayuda. Paradójicamente, la izquierda debería aprender ahora de la eficacia con que la nueva derecha radical ha construido una máquina propia de generar ideas que a la gente le resultan muy atractivas.


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