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Caen las bombas, suben los mercados. No, espera, que bajan

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11.03.2026

Duró 43 días. Aquella guerra del Golfo, la del 91, fue la primera guerra televisada en directo. Con la pantalla de la CNN teñida de verde, viendo lucecitas caer. Veíamos el ataque aéreo de las tropas estadounidenses, británicas y saudíes en el Irak de Sadam Husein en vivo, como quien ve un partido de fútbol o unos saltos de esquí. Salvo Telecinco, que siempre tenía las Mama Chicho, la guerra la echaban en todas las cadenas a la vez.

Casi cuatro décadas más tarde, la nueva guerra del Golfo no es que sea televisada en directo, sino que funciona como un programa de televisión. De hecho, el nuevo comandante en jefe es un famoso presentador de realities convertido en presidente de EEUU y su secretario de Defensa un antiguo presentador de la Fox. Donald Trump y Pete Hegseth, antes que de estrategia militar, sabían de televisión. Lo suyo siempre ha sido el show. Y vaya si lo están dando.

Los protagonistas de la guerra ya no son los proyectiles cayendo ni una pantalla en verde, en la era de las redes sociales, el protagonista de la guerra de Trump es Trump. Trump anunciando un bombardeo; Trump en el Despacho Oval rodeado de líderes religiosos rezando por Trump; Trump en Mar-a-Lago diciendo que no está contento con el nuevo líder iraní; Trump en el Air Force One diciendo que la guerra está casi terminada; Pete Hegseth diciendo que "esto es solo el principio"; Trump explicando a los periodistas que ambas opciones son compatibles; Trump amenazando en sus redes a Irán con golpear "veinte veces más fuerte" si frena el petróleo en el estrecho de Ormuz; Hegseth anunciando el día más intenso de los ataques en Irán.

De la última guerra que ha empezado Donald Trump, mientras sueña con el Nobel de la Paz, no parecen importarle las razones. Cuantas más, mejor. Lo mismo Trump dice que están ganando, pero no suficiente. Que acabará pronto, que acaba de empezar. Lo mismo sostiene que lo hace para salvar a los iraníes que los bombardea. Entre tanto, ni cambio de régimen en Irán ni paz en la región ni suministro de petróleo.

Cada rueda de prensa, cada rato al teléfono con un reportero, Trump lanza un nuevo desafío, un cliffhanger, una contradicción. Por eso estamos viviendo esta guerra como si siempre estuviera a punto de pasar algo, a punto de ir a publicidad. Todo sirve con tal de mantener la atención, lo único que a Trump le importa tanto o más que el petróleo. Claro que no es diplomacia ni orden internacional, es un docureality perpetuo. Entre la telebasura y la tragedia de Shakespeare. Las guerras de Trump son ese cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido. Un mal actor que se pavonea, como decía Macbeth de la vida.

Tal vez sea por eso que la coherencia importa tan poco en esta guerra. Importa tenernos enganchados a lo que vendrá después. Los índices de audiencia son los mercados. Es el público que ahora mismo preocupa más a Trump. El verdadero checks and balances que le queda al presidente capaz de empezar guerras en el Golfo sin pasar por el Congreso. El lunes subió el petróleo hasta los 120 dólares, el martes bajó después de que Trump dijera que la guerra está casi terminada; ¿y el miércoles? Continuará.


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