Trenes, agua y silencio: cuando el Estado falla y la gente sostiene el pulso y la dignidiad

Hay momentos en los que un país se mira al espejo y no se reconoce. El agua desbordada y desbocada como una manada de potros salvajes, anegando calles, casas y memorias. La naturaleza desatada. Y el horror producido por aquello que constituía un orgullo nacional, la alta velocidad española. El hierro retorcido de dos trenes detenidos y destrozados en mitad del espanto. Sirenas, barro, terror. Y en medio de todo, una pregunta que no es técnica, ni meteorológica, ni ferroviaria: ¿dónde estaba quien debía estar?

Las inundaciones no entienden de siglas, ni los accidentes ferroviarios preguntan por ideologías. Pero la respuesta institucional sí tiene nombre y responsabilidad. Cuando la prevención falla, cuando la inversión en este país se posterga y se invierte en otros por desconocidos intereses espurios, cuando la coordinación se diluye en ruedas de prensa huecas y en protocolos que no se ejecutan a tiempo, ni a destiempo, la tragedia deja de ser únicamente natural o presuntamente fortuita y se convierte también en política. Lo indecente no es solo el error. Lo indecente es la lentitud ante la urgencia, la excusa antes que la autocrítica, el cálculo antes que el consuelo, que a veces ni llega por temor a insultos o a manchas de barro o sangre en exquisitas prendas de vestir de origen italiano.

Lo indecente es la fotografía impostada mientras aún se achica agua con cubos prestados en un bellísimo pueblo, que ha tenido que ser abandonado. Grazalema, a la que hasta el Papa ha mencionado en su discurso dominical. Un pueblo abandonado por el terror a las aguas, pero también a desmoronamientos, ruidos subterráneos, aguas arrasando los hogares, destruyendo las memorias, las historias, los recuerdos y la gente huyendo estremecida por sordos ruidos sordos. Es la palabra vana y grandilocuente que no llega acompañada de botas en el barro.

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Pero no todo ha sido así, porque frente a esa intemperie moral ha vuelto a ocurrir lo de siempre aquí. Andalucía y su gente han dicho lo que llevan dentro. Siglos de historia, de tradición, de solidaridad con “esas criaturitas”, como solemos decir aquí en el sur, ese que tanto desprecia el miserable dirigente político catalán, cuya altura intelectual, ética y moral es igual a su altura física. Muy escasa. Y el resto de la banda. Somos un pueblo muy viejo y aguantamos lo que nos echen. Y la Guardia Civil, como siempre, la UME, los vecinos de los pueblos cercanos, como los de la poéticamente roqueña Ronda, la de los toreros machos y corazones de rosas, esos vecinos que abrieron sus casas cuando el agua cerraba otras puertas.

Han sido voluntarios quienes llevaron mantas, comida caliente y brazos firmes antes de que llegaran los recursos prometidos. Han sido sanitarios, bomberos, ferroviarios y ciudadanos anónimos quienes sostuvieron el pulso de la dignidad cuando la catástrofe amenazaba con derrumbarla. El pueblo erguido de pie con la cabeza alta y la espalda encorvada de tanto ayudar a los caídos, aterrados, heridos o muertos. Ha sido esa red invisible –hecha de solidaridad antigua y orgullo compartido– la que impidió que el desastre haya sido aún mayor. La Serranía de Ronda, el Valle del Guadalquivir, la bellísima Cádiz y el altivo Jerez son lugares cuyos nombres evocan un mundo mágico y ancestral, aunque una descerebrada independentista fascista nos odie profundamente. Una pobre ignorante racista en su analfabetismo, que solo nos produce desprecio.

Andalucía sabe de adversidades, de sequías, de riadas, de emigraciones forzadas, de........

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