Desvivirse |
Es más segura la muerte que la vida. Vivir es un milagro inexplicable, una probabilidad infinitesimal, una coincidencia espeluznante que no podemos asimilar. La muerte, sin embargo, es la certeza, el pleno, el ciento por ciento, el punto final tan común como inevitable del que ninguno de nosotros podremos escapar. Sea tránsito hacia algo o sea un simple chispazo de vida en el infinito devenir del Universo, vivir es algo antológico, algo a lo que me aferro. Escrito en nuestros adentros, perdurar es objetivo, permanecer el destino, sobrevivir la razón última de haber vivido. Es un mandato, el primero conocido cuando llegas a este mundo. Lloras en el nacimiento, respiras y te alimentas, reclamas, protestas y te quejas para, desde tu absoluta indefensión, conseguir que otros hagan lo que tu fragilidad no alcanza. Tal es el poder del instinto, tal la determinación de la supervivencia que la naturaleza se orquesta para ayudar al objetivo que más tenemos en común.
Y también es el último mandato cierto. Igual nos pasa al final de nuestros días. Voluntades, existencias, que se alargan gracias a la medicina. Perdura para siempre el compromiso colectivo de la ayuda para la permanencia. Aun en condiciones precarias, nadie quiere ausentarse de la única vida cierta. Las futuras, sobre las que construimos nuestro consuelo de abandonar la Tierra, las creemos. Pero hasta en las peores circunstancias, tenemos cero prisa por conocerlas.
Todo animal tiende a la vida. Ninguno de forma consciente buscaría esa forma de huida. La anomalía aparece en el cerebro consciente. El que se mira y se ve. El que se reconoce, el que entiende el por qué. O debería. De la complejidad surge el fallo y esa biotecnología a base de electricidad en la sinapsis, de la química en las hormonas, de la física del carbono —que es lo que en el fondo nos hace ser como somos— a veces presenta fallos. Y parece que el sistema está empeñado en encontrarlas.
Hoy ese colapso, esa enmienda a la totalidad de la vida, resulta la principal causa de muerte entre nuestros jóvenes y la primera de todas de origen no natural, por encima del tráfico, los ahogamientos, las intoxicaciones o los homicidios. Ese fallo neuronal que bloquea nuestro principal instinto parece que puede tender a una epidemia. Nuestro nuevo modo de vida, aspiracional pero inalcanzable, social y sin embargo egocéntrico, cortocircuita los modos de comportamiento, las respuestas al medio, y a los otros, que hemos elaborado durante milenios. Quién sabe si detrás de esto está nuestro número excesivo de miembros y una contundente respuesta a la plaga que suponemos.
Hoy todos reconocemos el desastre emocional que supone verse obligado por oscuras fuerzas a cometer un suicidio
Sea por la razón que sea, la tolerancia a la acción final, consecuencia del desajuste, no para de aumentar. Hoy todos reconocemos el desastre emocional que supone verse obligado por oscuras fuerzas a cometer un suicidio. Pero se trata como derecho la voluntad del apagado asistido. Mejorando hasta el infinito las condiciones de vida nos fijamos ahora en las condiciones dignas de abandonarla. El mantra religioso de una vida regalada, que en el fondo no nos pertenece, evitaba que pudiéramos disponer nosotros de ella. La evolución existencialista, el superhombre de Nietzsche que hace un siglo nos inspira, dueño de su voluntad y su destino, nos da el mando y el control absoluto de nuestra vida y su final inherente. Instalados en esa convicción, nadie debería escandalizarse si otro decide adelantar su propio salto al vacío… o el tránsito a una supuesta eternidad.
La imposibilidad de disfrutar plenamente de la vida empieza a ser razón suficiente para buscarse alguna otra. Con tintes macabros de consumismo, si se me rompe esta vida, me compro otra. Hay quien hace esa lectura sin imaginar siquiera la angustia que los jirones y descosidos provocan si se te hacen en el alma. Suplicar que acaben con tu vida, no me imagino peor derrota. La sensibilidad, el conflicto de la asistencia, aumenta cuando el demandante apenas tiene 25 años. Cuando toda su trayectoria, desde niña, ha sido un cúmulo de torturas, un catálogo de sufrimientos. Por padres o por políticas nunca le llegó la ayuda para reconducir su camino. Y sin esa asistencia y soporte, su final no podía ser otro que el abismo. Lo buscó repetidamente, tal era el desasosiego. Y tal el agotamiento que decidió emplear sus últimas fuerzas en convencer al sistema para no correr los riesgos de un nuevo fracaso doble. Uno por intentarlo, otro por no terminar de consumarlo.
Al margen de las conciencias con las que se juzgue cada uno, el futuro inexorable de nuestra relación con la muerte cambiará de forma, para unos razonable, para otros inaceptable. Las razones de vivir más poderosas se dan siempre por los otros. Sobrevivían en los campos de concentración más tiempo aquellos que tenían familiares a su cargo. Las vidas de soledad, de relaciones de pantalla, la falta de piel, los píxeles conducen a nuestro ombligo. Normal que no quieras vivir pensando tan solo en ti. Resulta demasiado esfuerzo la vida si solo se lucha por uno.
Imagino en unas décadas reuniones de despedida. Fechas agendadas, calendarios que vas marcando en rojo contando los días. Más que la permanencia que podría ser infinita valoraremos las horas por su escasez bien medida. En ese futuro escenario mirarán a nuestros días y verán que la polémica suscitada por Noelia y su voluntad de fuga, con la misma incomprensión con la que hoy nosotros miramos, por poner solo un ejemplo, la prohibición del divorcio. Noelia, que nos duele tanto, se está adelantando a los tiempos. Pero mientras eso llega, mejor seguir desviviéndose para evitar lo pasado.