Cadena de favores |
Me estoy mimetizando con mi hijo. Me gustan más las películas que ya he visto. Me siento más capaz de seguir sus argumentos. Con la ventaja de que mi cerebro, también de tres años, es capaz de olvidar el final y por lo tanto volver a disfrutarlo. Con esta dinámica conformista llevo meses sin ver nada nuevo. Recurro a un par de decenas de títulos que revisito después del pertinente zapeo. Creo que es lo que me permite seguir pensando en mis cosas mientras Gladiator remata su temporada gloriosa al estilo de Morante o Batman salva Gotham con su inimitable estilo.
Entre la vagancia y la multiactividad mental justifico volver a entender los acuerdos gubernamentales con los cárteles de las drogas viendo Sicario. O aprendo nuevas técnicas de mi trabajo con las provocadoras escenas de RocknRolla. Y pienso dónde podría haber llegado. Y compruebo lo lejos que llegamos, sin querer, repasando La gran apuesta. Y me las veo de nuevo todas mientras no puedo dejar, ni quiero, de seguir pensando en mis cosas y en mis miedos.
Se une la certeza de que la costumbre de consumir vídeos cortos, especialmente en Tik Tok, genera la dopamina que no te produce una trama de hora y media. Empiezo una película nueva y me aburre esperar a ver qué pasa. No digo ya con las series a las que tienes que dedicar las mismas horas que para ver un millón de vídeos de las temáticas que te gustan. Es una conjunción letal que me excluye de todas las conversaciones de aperitivos o de cenas. Esas que solo se centran en repasar la cartelera de los cines y el índice que te propone el algoritmo de Netflix. Se saben los catálogos completos de todas las plataformas. Y lo que es peor, no sé de dónde sacan el tiempo, pero se las han visto todas y de todas tienen opinión. Y lo que es aún peor, la comparten sin piedad y sin pudor.
Con mi descrita técnica de repetición me tropecé el otro día con Pay it forward. Cadena de favores, si no practican la V.O. La protagoniza Kevin Spacey y Helen Hunt. Y el niño de Forrest Gump o de El sexto sentido, ese que nadie sabemos cómo se llama. Hacía muchos años que no la había visto. Recordaba algo de drama, algo de la relación paterno filial y algo de la buena voluntad y de la fe de la infancia. Con mi hijo en la cabeza abordé su visionado. Maldita sea la hora que decidí tal cosa. Y maldita sea la hora y pico que me pasaría llorando. No soy dramático ni llorica, pero interpelo a los más machos a echarle una miradita a este dramón apasionado con trazas de humanidad optimista. Se les van a caer los palos del sombrajo, aunque ya la tengan vista.
Empieza el curso con un profesor quemado. No al del estilo de los de ahora. Quemado en plan literal que diría hoy la adolescencia más culta. El primer día de clase reta a todos sus alumnos a encontrar la fórmula para cambiar la sociedad. Ni más ni menos que eso. Entre barbaridad y barbaridad, propuestas ya consabidas que nunca llegaron ni llegarán a nada. Ninguna parece acertar. Nada que no ocurriría en la realidad de nuestras aulas y menos aún en estos días de propuestas incendiarias.
Pero nuestro protagonista propone algo realmente disruptivo. Hacer un favor que de verdad te cueste a alguien desconocido. Sin esperar contrapartida. Ayudarle realmente. A cambio de nada, salvo una cosa. Tienes que devolver el favor repitiendo la buena acción a tres personas diferentes que nada tuvieran que ver con el que a ti te lo hizo. Y así sucesivamente.
El poder de la progresión actuaría inmediatamente. El cálculo exponencial es antiintuitivo por lo rápido que crece. Aunque no hacen números en la película, mis pensamientos se fueron al cálculo, ventajas de haberla visto antes. En diez años, si todos cumplieran su misión de corresponder, dándoles un mes para hacerlo, la humanidad habría hecho más favores que átomos hay en la Tierra. Concretamente 8,1 seguido de 57 ceros. No sé ni leer la cifra, se salía de mi iphone. También calculé el tiempo que necesitaría la cadena para que todo el mundo recibiera algún favor. En menos de dos años todos los habitantes de la tierra habrían sido objeto y sujeto de, al menos, una buena acción.
La tesis del chaval cambiaría la sociedad y no por el favor en sí, sino por la carga de amabilidad, de comprensión del de al lado, de empatía generalizada que supondría otro enfoque a todo lo que nos está pasando. En sus primeros intentos se siente decepcionado. Pero la trama paralela a base de ingeniosos flashforwards narrativos va acreditando el éxito que el niño sigue peleando con iniciático ahínco. En torno a su determinación, tanto alumno como profesor te van contando qué sienten habiendo sufrido un padre desapegado. Uno de esos degenerados que maltratan a sus hijos. Esos seres despiadados que en la debilidad infantil ven la opción de realizarse como auténticos villanos. El nudo en la garganta está garantizado. A mí me apretó tanto que tuve que deshacerlo a base de agua salada. Me caían por la cara manantiales de tormento pensando en no estar a la altura de ese hijo que ya tengo. Hablan de los egoísmos, de los vicios, dependencias, de lo errático del criterio cuando no pones delante de todo, tus verdaderos sentimientos.
Y la cosa no mejora. El drama avanza hasta lejos y el final no se lo cuento por si decidieran verla o porque no lloren por dentro. Pero entre lo que sufrí por el niño, la pena que da el maestro, lo cándido de la propuesta, la esperanza de hacer lo correcto, las ganas de que surgiera el verdadero movimiento y querer con todas mis fuerzas poder ser parte de ello, sufrí un tobogán de emociones que me vació por dentro. Se las recomiendo. La película y la actitud de hacer al menos tres favores al resto. Y una propuesta extra, haría el visionado obligatorio a los miembros de todos los congresos. Habría muchas menos leyes y muchísimo más consenso.