Pradales y el Guernica, delirios de pequeñez
Cuando el dictador Franco visitó el Archivo de Indias en Sevilla poco después de ganar la guerra, escribió en el libro de firmas: “Ante las reliquias de un imperio, con la promesa de otro”. Delirios de grandeza. España no necesita esos excesos. Ochenta años después, el lehendakari Imanol Pradales pide el Guernica para Bilbao y lo hace apelando a una “reparación” histórica que no es más que un revisionismo acientífico y aburridamente victimista. Delirios de pequeñez. El elemento en común es el nacionalismo. Y el vínculo lo estableció el lehendakari cuando se puso bravucón con Sánchez: "Sacaron a Franco de su tumba, ¿y no pueden traer un cuadro?".
Pradales demuestra que él también padece nuestra más longeva enfermedad: el localismo. Somos unos catetos, y viene de lejos. Tal vez sean achaques propios de la edad de esta vieja Nación, pero eso no justifica incurrir ni en la hipérbole ni en la mentira. Hay un sitio que lo demuestra, y está en Madrid, a diez minutos de Atocha caminando: es el Panteón de los Hombres Ilustres, hoy llamado Panteón de España, y allí descansa el penúltimo intento ilustrado por no deconstruirnos hasta convertirnos en un puzzle, una suma de pequeñas historias.
En su web se puede leer: "Tiene como objetivo mantener el recuerdo y proyección de los representantes de la historia de la democracia española". Allí descansan Sagasta, Cánovas del Castillo, Dato, Ríos Rosas o Canalejas. Y con ellos expiró la voluntad por reunir a los grandes personajes de nuestra historia, algo que se puede extender más allá de la política. ¿Quién es Adolfo Suárez, sino un político de Ávila? ¿Quién Elcano, sino un marinero de Guetaria? ¿Quién Emilia Pardo Bazán, sino una escritora de Galicia?
De modo que no hay nada más español que un lehendakari (el tercero) pidiendo el Guernica para Bilbao, con el agravante de que lo pide consciente de que ese traslado pondría en riesgo la obra. Isabel Díaz Ayuso le ha llamado “cateto” y es verdad. No me extraña que algunos no la puedan soportar, pero deben reconocer que lo ha clavado. Tanto, que los nacionalistas han saltado como un resorte, prueba definitiva de que el actual nacionalismo periférico no es más que una mutación tóxica del localismo, una especie de upgrade con ínfulas.
Eso es lo peor de la ofensiva de Pradales para que el Museo Reina Sofía les ceda el Guernica, que bebe de ese localismo tan español. No puedo evitar acordarme de aquella mordaz intervención "casi científica" del presidente del PP catalán, Alejandro Fernández, ante el último president del Procés, el independentista de AliExpress Quim Torra: "Usted se parece mucho más a mí que a un saltador de pértiga noruego; es que es usted muy español, somos un par de españolazos los dos. De verdad, ya sé que le duele, pero es que es usted muy español, ¿de qué colonia me habla?".
Curioso siglo el XIX español, que comienza con la épica de levantamiento popular para reconfigurar la Nación española y finaliza con la tragedia del Desastre. Aquel localismo surgido entonces nos impidió pensar a lo grande, pero no para revivir aventuras imperiales, sino para ensalzar lo mejor de nuestra historia, de nuestros hombres y mujeres. Y así es como empezamos a hacernos pequeñitos y acomplejados, el ambiente idóneo para pequeñeces como la de hoy de Pradales. Mientras algunas naciones emergían (Alemania e Italia se unificaron en 1868) y otras transitaban por sus respectivos imperios, España hacía tiempo que había emprendido el camino de vuelta y empezaba a llegar tarde a todo.
Lo que pasa es que ya va siendo hora de que superemos nuestras propias miserias y los discursos depresivos de nuestra intelectualidad en la primera mitad del siglo XX y nos reivindiquemos sin caer en hipérboles. No hace falta llegar a prometer otro imperio, basta con conocer a Cánovas y Sagasta, leer a Rosalía (de Castro, ahora hay que ponerle el apellido), entender la Escuela de Salamanca y a Ortega o recitar a Lorca.
Mientras esas naciones recorrían sus sueños de Ilustración, en España empezamos a trocearnos. El Panteón quedó en un sueño inacabado, y allí solo se encuentran los mausoleos de un puñado de grandes hombres. Aun así, merece la pena visitarlo, y nos muestra lo que pudo haber sido. Pero no nos engañemos, conduce en línea recta a la melancolía. Imaginar un auténtico Panteón Nacional de Políticos Ilustres en la Iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, como votaron las Cortes Generales en 1837 es imaginar demasiado, incluso para el localista Pradales. Yo no pido tanto. Me conformo con que hagamos algo por conocernos un poquito y ya solo pido a los políticos que no retuerzan la Historia, ni con hipérboles ni con mentiras. De verdad que merece la pena y nos iría mucho mejor. Ya tenemos suficiente con lo que de verdad retrató Picasso en el Guernica.
