Ser un altavoz de Trump en España favorece a Sánchez |
Los españoles no estamos en guerra. Tampoco se nos ha pedido que participemos en ella. Sin embargo, sucede tantas veces que a la guerra no se va, sino que te llevan. La fragata de la Armada Cristóbal Colón ya navega rumbo a Chipre. Y no lo hace en misión humanitaria, sino con el encargo específico de defender a los chipriotas, que son quienes han pedido ayuda. Esto significa que, llegado el caso, la Cristóbal Colón podría y debería utilizar la fuerza en caso de resultar necesaria para el cumplimiento de su misión.
El "No a la guerra" sirve en actos de partido y en campaña electoral. Pero un conflicto de la magnitud del presente obliga a bañarse a diario en un mar de complejidad. Sólo que son malos tiempos para quienes intentan practicarla. Se ha visto claramente con la ministra de Defensa, Margarita Robles, que probablemente entendía que su conversación apaciguadora con el embajador norteamericano en España se mantendría dentro de los límites de la reserva que fija la diplomacia. Pero con la administración Trump las reglas han desaparecido.
La fragata Cristóbal Colón y la ministra de Defensa ejemplifican lo frágiles que resultan los eslóganes simplistas de campaña electoral, como los que utilizó Pedro Sánchez el miércoles, como si se estuviera dirigiendo a niños de P3. En realidad, se está manejando nitroglicerina y cualquier precaución es poca. Con más motivo cuando el actor principal de la película, Donald Trump, se comporta en sus declaraciones como un mono con una metralleta.
El presidente estadounidense volvió ayer a la carga contra España, definiéndola como una nación perdedora. Fiel a su modo de hacer, Trump no deja de roer un hueso hasta que se le ofrece otro. Y de momento, el turno del mordisco sigue siendo para España. No tanto por la negativa española a autorizar el uso de las bases americanas de Rota y Morón, sino por la escenificación y el tono con el que Sánchez decidió acompañar, por intereses de política doméstica, su decisión. Quien busca encuentra. Y el presidente español buscaba a Trump y lo encontró.
Pero con independencia de quién buscase a quién, el insulto grueso a España por parte de Trump y miembros destacados de su administración, aunque vaya dirigido al Gobierno y no a los españoles en su conjunto, es una baza ganadora para Pedro Sánchez.
Así funcionan los vasos comunicantes. Porque, lejos de quienes odian a Sánchez por encima de todas las cosas, tanta violencia verbal contra España y su presidente por parte de Trump es un sapo imposible de tragar para muchos españoles. Así que cuanto más insulta el republicano, más vitaminas para el presidente español.
La oposición, particularmente el PP, debiera ser consciente de ello. Y manejarse con más solvencia y equilibrio en su papel. Debe afear a Sánchez su opacidad, su desprecio del Congreso, su pose y argumentación mitinera y el intento de aprovechar una crisis mundial que afectará a todas las familias españolas para su propio beneficio político. Si así lo creen los populares, pueden darle al muñeco tanto como gusten, pues con estos argumentos no sólo no asumen riesgo alguno, sino que debilitan la credibilidad y seriedad del presidente.
Pero existen fronteras a partir de las cuales el exceso se torna ponzoña para quien de él abusa. Deben vigilarse los de Feijóo para no acabar pareciendo un altavoz doméstico de Donald Trump. Una cámara de eco de sus insultos a España. Hay ahí un punto de no retorno en el que la legítima, justificada y dura crítica a Sánchez pasa a ser no más que un eco de los altavoces trumpistas. Si se sitúan en ese límite, y en algún momento ya lo han rebasado, los populares tienen más que perder que el PSOE.
La complejidad que comentábamos al principio y que rehúsa Pedro Sánchez, pueden patrimonializarla los populares y sacar rédito de ella. Por el contrario, si escogen comportarse como minitrumps patrios, pagarán ellos la factura. Y eso pasa también por no atribuir ni ayudar a difundir falsas declaraciones, como han hecho con el fake "yo estoy con Trump" de la ministra de Defensa, Margarita Robles.
La moderación se cataloga como una endeblez. Abrazar el matiz como un acto de cobardía. Manejarse en la complejidad es un modo de hacer estúpido. Pero no siempre es así. Y desde luego, en un escenario de confrontación entre Pedro Sánchez y Donald Trump, lo que supone un error estratégico es quedarse atrapado en la telaraña de cualquiera de los dos contendientes. En el blanco o el negro. A estas alturas, el PP ya debería saberlo.