El trabalenguas de María Jesús Montero |
Entendamos que, para un candidato político desahuciado, las campañas de agitación se convierten en la única esperanza de supervivencia en las elecciones a las que se presenta. La única estrategia posible es la salvación del cable ardiendo. Por esa razón, y antes de comenzar a analizar nada, se impone un ejercicio de comprensión a la persona: muchas de las cosas que le estamos oyendo a María Jesús Montero en estos días, y las que todavía le oiremos cuando se acerquen más las elecciones andaluzas; todas ellas, aunque sean disparatadas, son fruto de la ansiedad que producen las encuestas. Sentado eso, vamos a la literalidad de la última propuesta de la vicepresidenta primera del Gobierno de Pedro Sánchez, ministra de Hacienda, vicesecretaria general del PSOE y candidata socialista a la Junta de Andalucía. (Es importante enumerar los cargos para que sepamos que todo lo que hace y dice un alto cargo de esta naturaleza está supervisado y pensado por decenas de personas, asesores y conmilitones).
Ha dicho María Jesús Montero: "Me comprometo a aprobar una Ley de Lenguas andaluzas si soy presidenta de la Junta de Andalucía". Ese ha sido el cable ardiendo al que nos referíamos antes y, como era previsible, la vicepresidenta se ha quemado las manos, aunque no será esto algo que le importe demasiado. Ni siquiera los intelectuales que siempre acuden al auxilio de sus referentes políticos podrán defenderla esta vez por la sencilla razón de que no existe una lengua andaluza y, por lo tanto, mucho menos se puede hablar de varias lenguas andaluzas. Nadie lo hace, de hecho.
Sobre esta cuestión, que no merece ni discusión entre filólogos, cualquier alumno andaluz de bachillerato sabe perfectamente que el fenómeno lingüístico que caracteriza a Andalucía se conoce como ‘habla andaluza’ y, en todo caso, se puede abrir un debate sobre la existencia de varias hablas andaluzas, por la extensión territorial de esta comunidad y por la riqueza de matices fonéticos. Ni siquiera la disculpa del lapsus es posible aplicarla al disparate de una ‘Ley de lenguas andaluzas’ porque nadie, con ese mínimo imprescindible de conocimiento académico, confundiría habla con lengua.
Con lo cual, como sabemos bien que María Jesús Montero no es ninguna iletrada, sino una mujer formada y experimentada, la única conclusión posible es que el objetivo de la vicepresidenta es otro: lo que de verdad quiere es que se hable de ella. Lo del habla andaluza es el medio; ella es el fin. De ahí el trabalenguas. Se trata, además, de una estrategia calculada con la absoluta certeza de que, al instante, ya se iba a producir un aluvión de críticas hacia ella que, como en otras ocasiones, intentará convertir en una campaña de insultos personales por ser mujer y por tener acento andaluz. Lo peor es que el trile le saldrá bien porque en este país y en este mundo de redes sociales siempre encontraremos a un imbécil o a un camorrista que acabe justificando con un exabrupto la estrategia del alboroto premeditado.
En cuanto a la cuestión de fondo, ya que nos encontramos en la semana del Día de Andalucía, el 28-F, aprovechemos la ocasión para insistir en lo que se ha apuntado aquí otras veces. Los andaluces tienen que soportar a lo largo de su vida dos formas de burla por su forma de hablar, la primera suele venir de fuera y la segunda suelen protagonizarla ellos mismos. El desprecio del exterior tiene que ver con el estereotipo de Andalucía y el aire de superioridad de algunos ignaros. Es una realidad constatable que en las últimas décadas se ha reducido mucho la carga de tópicos sobre los andaluces, pero siempre hay un rescoldo de necedad que no se apaga. Tampoco debe preocupar demasiado, porque se disipa con un simple desaire de ‘mala follá’ granaína.
Por eso, de todas las agresiones que sufre el habla andaluza, la más dañina es la que proviene de los propios andaluces. Y también aquí conviene diferenciar. Por un lado están aquellos andaluces que limitan su habla andaluza a los episodios chistosos, mientras que castellanizan en el resto de la conversación, sobre todo cuando se trata de ámbitos profesionales alejados de Andalucía. Es esa carga subliminal, tan corrosiva, que les lleva a pensar que quien habla andaluz no puede decir nada serio; quien habla andaluz no puede pensar nada serio. El otro grupo de andaluces que daña el habla andaluza está formado por aquellos que, como la vicepresidenta, sostienen que existe una lengua andaluza y que debe plasmarse con una grafía propia. Ha habido algunos episodios extravagantes, como aquel que consistió en la traducción de ‘ window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); El Principito’ a la supuesta lengua andaluza. Decía así: "Una beh, kuando yo tenía zeih z'añiyoh, bi un dibuho mahnífiko en un libro a tento'e la zerba bihen ke ze yamaba 'Histoires Vécues (Ihtoriah bibíah)".
Aunque produce vergüenza ajena a los propios andaluces, este despropósito de ‘Er Prinzipito’ ha calado progresivamente en los grupos de extrema izquierda y en andalucistas radicales, que han querido ver en todo esto una señal más de cómo la verdadera esencia de Andalucía, que para ellos se circunscribe a la etapa musulmana, ha sido constreñida, oprimida y censurada por los dominadores castellanos. En el fondo, todos esos son tan catetos como los independentistas que piensan que el hecho de tener una lengua propia es lo que los hace superiores.
El habla andaluza no es menos importante, ni menos relevante, porque se llame habla, y no lengua. En varias universidades y academias existen debates y foros del habla andaluza, o de las hablas andaluzas, a las que habría que mandarlos a todos. Aunque no es el estudio lo que les importa, en realidad, sino la identidad excluyente, sustentada en una historia inventada; eso es lo que les mueve. No parece probable que María Jesús Montero haya querido llegar tan lejos, pero se va a encontrar con que esos son los únicos que van a aplaudirla. Los demás, dirán como ha contestado Carmen Calvo, sin que sepamos muy bien si se refiere a su compañera: "Soy andaluza de Córdoba y no hablo mal el español, hablo un andaluz perfecto. El andaluz es un habla del castellano. ¡Cuánta ignorancia!"