El Guernica y lo que el PNV oculta |
El Guernica, para el País Vasco. Esa es la reclamación antigua que ha vuelto a realizar el lehendakari, Imanol Pradales, acaso porque está viendo que se empieza a acabar la legislatura del presidente más débil y todavía puede completar un pleno de transferencias estatales. El único problema es que en este caso, aunque también en muchos otros, la petición nada tiene que ver con la descentralización administrativa y el autogobierno, sino con la mentira histórica que mantienen los nacionalismos vasco y catalán como falsos pueblos explotados por un Estado opresor, el de España. Con lo cual, conviene aclarar algunas verdades históricas para que, por lo menos, tengan más cautela cuando aireen la matraca del victimismo; el impostado victimismo que esconde lo contrario, los privilegios.
Ahora vamos a la obra en sí misma, la excepcional pintura de Pablo Picasso, pero antes vamos a detenernos en el contexto histórico. Como es sabido, es el Gobierno de la II República, en plena Guerra Civil, en 1937, quien le solicita al pintor malagueño una gran obra de arte para exponerla en el pabellón de España en la Exposición Internacional de París. La debilidad extrema de la República en el segundo año de guerra sólo puede salvarse con la ayuda de grandes hombres, como Pablo Picasso, que realiza el cuadro y lo vende por 150.000 pesetas. En la web del Museo Reina Sofía, en el que se puede visitar el Guernica, se explica que para la República la ayuda de Picasso fue fundamental, decisiva, para poder llevar adelante su idea de abrir las puertas de su pabellón, "con el fin de confirmar el proyecto político de la República y su voluntad de trabajar por el progreso de la nación, pese a la dramática guerra que estaba destruyendo España".
Queda claro, por tanto, que el único destino que Picasso consideró para su obra era la República, que el suyo fue un gesto inequívoco de apoyo a la República. Es decir, todo lo contrario de lo que sabemos del Partido Nacionalista Vasco que, en la versión más amable, sólo puede confirmarse que se dividió entre el apoyo a la República y la adhesión al golpe de Estado de Franco. Existen numerosos testimonios de líderes republicanos de entonces que hablan, directamente, de "traición" a la República, a la que quisieron abandonar sin miramientos en el pacto de Santoña. "El Gobierno vasco garantizó que entregaría la ciudad de Bilbao intacta y sin paralizar la industria vasca, la más importante de España en aquel momento y que luego fue fundamental para el Ejército franquista, enfrentándose abiertamente al Gobierno republicano y en especial al ministro de Defensa, Indalecio Prieto", afirma el escritor Xuan Cándano en su libro ‘ window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); El Pacto de Santoña. La rendición del nacionalismo vasco al fascismo".
Como la 'Memoria Histórica’ no se detiene en estos episodios, que relatan la enorme complejidad de aquellos años; como la pretensión oficial es la de convertir la historia en un relato dicotómico, el nacionalismo aprovecha ese vacío para hacerse pasar por lo que nunca fue. Dicho de otro modo: sería una ofensa histórica que el Guernica de Picasso acabara en manos de aquellos que traicionaron a la República. El cuadro de Picasso debe permanecer donde está, en la capital de España, y cualquier cesión temporal a Euskadi, como bien podemos presumir todos, se convertiría en una posesión definitiva por parte del Gobierno vasco.
Se decía al principio que la reclamación del lehendakari Pradales no es nueva, sino que se remonta a la década de los 80, es decir, a los primeros años de la democracia. La planteó inicialmente el PNV y, posteriormente, se sumaron a la iniciativa los independentistas del entorno etarra, el Bildu de nuestros días. En tiempos de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, los portavoces de Bildu llegaron a decir en el Congreso de los Diputados que, como el cuadro no se le cedía al País Vasco, "se podría pensar que Mariano Rajoy tiene algo que ver con quienes ordenaron el bombardeo de Gernika".
Las razones actuales de Pradales son menos salvajes, pero igualmente inaceptables. Sostiene el lehendakari que el cuadro debe viajar al País Vasco como "un gesto de memoria histórica" y de "reparación simbólica" hacia el pueblo vasco. ¿De verdad desea el PNV que se recuerde la verdadera historia de lo ocurrido en la Guerra Civil en el País Vasco y en Navarra? Seguro que no es así… Y reparación, ¿a qué reparación se refiere? Este concepto supone ya una ofensa al resto de los pueblos de España que padecieron los horrores de la guerra, por lo menos, de la misma forma que los vascos y los navarros. La Guerra Civil española fue una tragedia de todos, una tragedia de España, un "fracaso colectivo" fruto de una "ingente frivolidad" política, como dejó escrito Julián Marías en una de las mejores páginas sobre aquellos años de sangrienta insensatez, ' window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir?'.
Queda aún un último aspecto por resaltar para subrayar lo absurdo de esta reclamación del Gobierno vasco para que el Guernica, antes o después, acabe en el magnífico Museo Guggenheim de Bilbao, un espectáculo maravilloso con solo contemplar cualquier atardecer las placas de titanio doradas por el sol. El sentido artístico de la obra de Picasso no tiene que ver, exclusivamente, con el devastador bombardeo de Guernica. Cuando el Gobierno de la República le encarga una obra para la Exposición de París, el pintor de Málaga lleva meses trabajando en los bocetos de un cuadro que tiene en la cabeza, dedicado a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, el amigo, el mecenas, de tantos de la Generación del 27.
Igual que Federico García Lorca había compuesto su poema inmortal -"A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde."-, Pablo Picasso tenía ya avanzado un gran cuadro en su honor. Y lo que hizo, al recibir el encargo de la República, fue adaptar el dolor por la muerte de su amigo al horror de Guernica tras el bombardeo. Por esa razón, en el cuadro vemos un toro y un caballo, y un hombre caído con la espada rota en la mano; el torero muerto con el estoque en la mano. Y la lámpara de la enfermería… También en esto último podemos hablar de un debate inacabado, que sigue recibiendo versiones e interpretaciones, pero ninguna de ellas relacionada con el último despropósito del nacionalismo vasco.