La política exterior de un pigmeo con pretensiones de gigante |
Podría mentir y decir que el miércoles a las 9 de la mañana me puse ante la televisión con la esperanza de escuchar la declaración de un estadista, gobernante de una democracia occidental, ante la situación más peligrosa para la paz en el mundo en lo que llevamos de siglo: la que más nos acerca a una conflagración global. Lamentablemente, a estas alturas Sánchez ha extirpado cualquier esperanza al respecto. Sí, atendí la declaración, pero únicamente para comprobar qué clase de truco pueblerino ejecutaría en esta ocasión.
Sólo necesitó un par de minutos para hacerlo visible. Con su entonación más campanuda, declamó: "La posición del Gobierno de España se resume en cuatro palabras: no a la guerra".
Vale, tío. Un publicitario jubilado de una agencia de anuncios por palabras habría encontrado algo menos viejuno y burdo para la ocasión. El resto del sermón fue lo de siempre: bullshit de consumo doméstico, plagado de guiños izquierdosos de los años 60 del siglo pasado recitados robóticamente. Los estrategas de carril llaman a esas cantinelas "movilizar a los nuestros" (a saber quiénes son esos "suyos" que necesitan ser movilizados).
Sánchez lleva dos años intentando desesperadamente provocar una confrontación a cara de perro con los Estados Unidos y, singularmente, con Donald Trump. Sueña que ello engrandecerá su figura y hará renacer el ancestral sentimiento antiyanqui de la alicaída izquierda española, que lo aclamará como un Fidel Castro del barrio de Tetuán en lucha desigual con el monstruo imperialista.
Atendiendo a la estructura de su personalidad y al poder que detenta cada uno de ellos, Sánchez no pasa de ser una reproducción en miniatura de Trump. Están forjados con el mismo material. La principal diferencia es que Trump es un populista-narcisista que puede destruir el mundo con el consentimiento de su sociedad y al populista-narcisista Sánchez sólo le alcanza para cargarse la democracia española mientras nuestra sociedad lo siga permitiendo. En ambos casos, el problema de base no está en ellos, sino en quienes les entregaron el poder y respaldan sus fechorías.
Es obvio que un país soberano no tiene que soportar las amenazas de otro, por muy potencia mundial que este sea. También lo es que Trump se ha propuesto desmantelar la Unión Europea y que, aunque solo sea por legítima defensa, esta tiene que salir en defensa de uno de sus miembros cuando recibe una coacción explícita. Eso han hecho las autoridades de la Unión y los Gobiernos de más peso, pese a que tienen ya tomada la medida a Sánchez y están hasta el gorro de sus excentricidades y sus escaqueos reiterados para salvar el culo en casa. No está el club europeo para permitir pasivamente que el gorila que habita la Casa Blanca lo desmonte por piezas.
España, antaño un integrante seguro de la centralidad europea, se ha convertido voluntariamente en uno de sus eslabones más débiles. Es voluble y poco fiable en lo económico, en lo geoestratégico y en la voluntad de defender férreamente los fundamentos de la democracia liberal. Razón de más para ampararla de las intimidaciones de Washington y de los cantos de sirena de Moscú y Pekín, que cuentan con operadores activos en el corazón de nuestro aparato de poder interno. Ya llegará el momento de ajustar las cuentas aplazadas y restablecernos a nuestro lugar natural cuando los españoles decidan poner fin a este experimento fallido (aunque sea para ensayar otro en absoluto exento de oscuridades inciertas, como sucede en toda Europa).
Todos presentimos hace mucho tiempo que la próxima catástrofe bélica global se gestará en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel han lanzado un ataque abierto contra Irán, que resulta ser una teocracia salvaje, el paraguas que ampara y coordina a las peores organizaciones del terrorismo islámico y el Estado más determinado y más próximo a hacerse con el arma nuclear. Una pieza geoestratégica manifiestamente hostil, capaz de desestabilizar toda la región y tutelada por Rusia y China -que se mantienen sospechosamente silentes ante la agresión-
No es difícil diagnosticar que podemos estar ante una situación crítica para la paz en el mundo; más allá de las consideraciones humanitarias, mucho más explosiva que el conflicto de Gaza e incluso que la guerra de Ucrania (que apunta claramente a una solución prorrusa según la doctrina de las zonas de influencia).
No se sabe quién diablos ha llamado al Gobierno español a hacerse presente como actor protagonista en ese escenario, desmarcándose además de su doble condición de miembro de la OTAN y de la Unión Europea. Como ha escrito Zarzalejos, no es lo mismo tocarle las narices a Donald Trump que hacérselo al presidente de los Estados Unidos en medio de un conflicto bélico. Lo primero puede ser un recurso efectista aprovechando la imagen nefasta del personaje; lo segundo es una insensatez de coste incalculable, no para Sánchez (que también), sino para España y sus habitantes.
Aun así, supongamos que Sánchez deseara sinceramente hacer una contribución constructiva a la solución del conflicto; en tal caso, hay una larga lista de gestiones evidentes que habría tenido que hacer y no ha hecho:
No sometió la cuestión a debate de su propio Consejo de Ministros.
No conversó con el líder de la oposición -y de la primera fuerza política del país- para intentar armar un consenso sobre la posición de España. Prefirió lanzar a sus ministros-mastines a recordar Irak y llamar a Feijóo "señor de la guerra".
Que se sepa, no informó al jefe del Estado de su intención de montar un conflicto político nada menos que con Estados Unidos.
Que se sepa, tampoco puso en antecedentes al propio Gobierno norteamericano, por ver si existía alguna posibilidad de evitar el choque.
No hizo el menor amago de someter el tema a debate en un Consejo Europeo convocado para la ocasión.
Y por supuesto, prescindió olímpicamente del Parlamento español.
Eso no es diplomacia ni política exterior. Es simplemente campaña electoral. Cuando los portavoces del PSOE transmiten a los periodistas que "esto nos viene muy bien", ¿a quién se refieren exactamente? ¿Le viene muy bien a la causa de la paz en Oriente Medio? ¿A la Unión Europea? ¿A los intereses de España? ¿O al último escaño del PSOE en Zamora?
En su trayectoria presidencial, Sánchez ha dañado de forma difícilmente reparable la relación entre España y los Estados Unidos. Montó un conflicto monumental con Argentina mientras se dejaba arrastrar a la condición de promotor del Grupo de Puebla: España ha dejado de pintar algo en Latinoamérica. Arruinó la relación con Israel y apareció como valedor de Hamás y ahora de la teocracia iraní, echando a perder cualquier oportunidad de que España sea aceptada como interlocutora fiable en ese conflicto. Hoy sería impensable celebrar en Madrid una Conferencia de Paz como la de 1991. Consiguió enemistarse con todas las partes en el conflicto del Sáhara. Se ganó la desconfianza de los aliados de la OTAN firmando un compromiso de gasto de defensa del que renegó a la salida. Ahora ha considerado interesante provocar un altercado con el presidente de los Estados Unidos, desmarcándose de la posición de Francia y Alemania. Existen dudas fundadas sobre si, a día de hoy, España está más cerca de Washington y Bruselas o de Moscú y Pekín.
Todos los ejes históricos de la política exterior española han sido alterados por su gobierno más débil y divisivo. La explicación más a mano es que Sánchez ha convertido la política exterior en un utensilio al servicio de su interés personal en el gallinero doméstico. Pero hay otra posible: que realmente se lo crea, que lo haga por convicción. Esa sería mucho peor.