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Iglesias y Sánchez, traición mutua asegurada

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30.08.2019

El embrollo español de la investidura es relativamente sencillo de describir aunque, en los términos en los que se plantea, casi imposible de resolver. Solo hay un presidente posible, eso es cierto. Este podría componer varias mayorías de gobierno por su izquierda y por su derecha, pero solo acepta gobernar en solitario. Lo que no se ganó en las urnas y lo que los demás partidos no están dispuestos a entregarle.

El aspirante ha dejado claro que no confía en nadie salvo en su persona. No quiere compartir el Gobierno con Podemos —admitiendo un alto grado de coincidencia programática— porque descree de su lealtad. Su desconfianza de la derecha es ontológica: no se fía de ella por el mero hecho de ser derecha. Tampoco se fía de los independentistas, aunque acepta gentilmente sus apoyos.

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Lo notable es que aquel que de nadie se fía exige a los otros que realicen un acto de fe ciega, otorgándole un contrato presidencial de cuatro años sin cláusula de rescisión. La causa más poderosa del bloqueo no está en el artículo 99 de la Constitución, que regula la investidura, sino en el 133, que obliga a articular una mayoría absoluta en torno a un candidato alternativo para destituir al presidente del Gobierno. Eso pesa como una losa en el ánimo de unos y otros. En el de Sánchez, porque sabe que, una vez elegido, nadie lo podrá echar. Y en el del resto de los partidos, por el mismo motivo: son conscientes de que podrían hacer la vida difícil a Sánchez, paralizar el Parlamento —como,........

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