El aperitivo electoral anticipa el menú completo

Inicialmente, la ocasión era propicia. Dos comunidades autónomas, Castilla y León y Andalucía, concluían su legislatura. En otras dos, Extremadura y Aragón, los presupuestos estaban bloqueados sin perspectiva de desbloqueo. En unas por imperativo legal y en otras por lógica institucional, las convocatorias electorales se justificaban por sí solas.

Además, se trataba de territorios con historias electorales muy disímiles pero con un rasgo común: cuatro gobiernos del Partido Popular sin riesgo alguno de perderse y con expectativas demoscópicas oscuras para el PSOE y aún más para sus aliados.

Así pues, el paso estaba cantado: ordenar las convocatorias de forma que el primer semestre quedara jalonado por cuatro votaciones sucesivas destinadas a asentar los Gobiernos del PP, mostrar la hegemonía de la derecha y subrayar la extrema debilidad de la izquierda. Lo que viene siendo una ronda de castigo electoral que se añadiría a la crisis parlamentaria y al tormento judicial que viene sufriendo el sanchismo. En lenguaje taurino, tercio de varas y tercio de banderillas como prólogo al tercio de muerte (faena y estocada).

Fue un error de interpretación suponer que el PP buscaba mayorías absolutas o aplastar a Vox: nunca fue ese el objetivo, sencillamente porque nunca estuvo a su alcance. Se trataba de empezar a demostrar empíricamente, no con encuestas, sino con resultados constantes y sonantes, que la derecha es electoralmente hegemónica y que la coalición sanchista carece de toda probabilidad de reeditar una investidura exitosa de Pedro Sánchez.

Las tres primeras votaciones han dejado las cosas claras. En Extremadura, la derecha superó a la izquierda por 24 puntos; en Aragón, por 16; en Castilla y León, por 21. En las tres comunidades, el PP aumentó su distancia respecto al PSOE. Y en todas ellas la victoria holgada del PP fue compatible con el crecimiento de Vox, mostrando que, en el juego del bibloquismo, uno de los dos pasteles no deja de crecer mientras el otro no deja de menguar.

No es preciso esperar a Andalucía para hacer el balance de esta primera parte de la lidia. El sur no dará sorpresas. Existe una duda razonable sobre la mayoría absoluta de Moreno Bonilla, pero no será la izquierda quien se la quite.

Esta tendencia coincide con la que se espera en Andalucía, en la mayoría de las comunidades autónomas, excepto aquellas que cuentan con sistemas de partidos propios por la presencia de partidos nacionalistas fuertes (Cataluña, País Vasco y Navarra) y con lo que anticipan todas las encuestas respetables para las elecciones generales, cualquiera que sea la fecha que Sánchez elija.

El futuro ya no depende de operaciones de ingeniería electoral como agrupar elecciones o volver a fusionar las candidaturas de la ultraizquierda. Eso pudo ser relevante en algún momento anterior, pero ahora ya sólo es jugar a la chica. En esta partida de mus la grande, los pares y el juego están en manos de la derecha y todo depende de cómo los juegue.

Es evidente que, durante esta legislatura, ha cristalizado un movimiento geológico del electorado hacia la derecha sin que se adivinen a medio plazo factores no meramente coyunturales que lo inviertan.

Mal asunto confiar en el antitrumpismo para eso que llaman "movilizar a los nuestros". Primero, porque "los nuestros" son cada vez menos por motivos que no tienen que ver con Trump, sino con Sánchez. Y segundo, porque una prolongación de la guerra de Irán producirá una espiral inflacionaria y no existen precedentes de que la inflación castigue más a la oposición que al Gobierno.

Se vote donde se vote (con las excepciones mencionadas) queda una única alternativa: gobierno del PP con ayuda de Vox en coalición o con pacto de legislatura) o bloqueo y repetición de elecciones. La izquierda queda muy lejos de gobernar y se descarta cualquier clase de entendimiento entre los dos partidos mayoritarios.

El juego del bibloquismo, ideado por Sánchez para quedarse dos décadas en el poder, se ha vuelto en su contra. Bloque frente a bloque, la derecha puede aproximarse a los 200 escaños y él no llegará jamás a los 176 que necesitaría para seguir en la Moncloa. Además, la derecha está en condiciones de barrer al PSOE del poco poder territorial que le quedó tras el derrumbe de mayo de 2023.

Así pues, lo que se concibió como una operación táctica para el semestre ha tenido efectos estratégicos. Salvo una hecatombe que escapa a nuestra capacidad de previsión, la mayoría de las incógnitas están despejadas:

El PP puede dejar de torturarse con la amenaza de Vox. Tendrá que acomodarse a su compañía sin dejar de competir con él para mantener o mejorar en lo posible la relación de fuerzas entre ambos.

Feijóo no podrá prescindir de Vox para formar gobiernos ni el crecimiento de los de Abascal pone en peligro su dominio en la derecha. La suma de ambos garantiza mayorías de gobierno confortables en todos los ámbitos: nacional, autonómico y municipal. El precio inevitable es aparcar la esperanza de un gobierno autónomo no condicionado por la extrema derecha. La recompensa, enviar al sanchismo a la oposición prácticamente en toda España.

Lo único que Feijóo no puede permitirse es repetir la pifia de 2023. Ello no sólo pondría fin a su carrera política; también abriría una crisis insondable en su partido y entonces sí estaría abierta en canal la vía española hacia el lepenismo.

Vox ya sabe que lo único que puede interrumpir su progresión es delatarse como obstáculo para la extracción del sanchismo del poder. Una embriaguez de votos inservibles como la que padeció Rivera tendría efectos fatales. Quizá en unos años le llegue la hora de dar el sorpaso (Le Pen necesitó mucho más tiempo), pero su base social tiene ahora otra prioridad y no le consentirá despistarse de ella para limitarse a exhibir músculo. La corriente empuja a su favor, pero tiene pendiente la asignatura de mostrar que sirve para algo.

El PSOE se queda prácticamente solo en la izquierda de ámbito nacional. El tinglado que montó Iglesias en 2015 (llámenlo izquierda a la izquierda de la izquierda, ultraizquierda, extrema izquierda, "espacio" o como deseen) se derrumba como un castillo de naipes. Ya está en la irrelevancia: se agrupen o desagrupen como quieran, con Rufián o sin él, con Bustinduy o con el mismísimo camarada Lenin que regresara, han devenido irrelevantes para sostener un gobierno. En el mejor de los casos, su presencia en los parlamentos será residual.

Ello quizá sirva a Sánchez para obtener un resultado decoroso de su partido, justificar su permanencia en el trono de Ferraz (lo tiene asegurado hasta finales de 2028) y encabezar junto a los nacionalistas una oposición desestabilizadora con la esperanza de una pronta recuperación del poder. Una ración de polarización invertida hasta reinvertir la polarización, y así eternamente mientras él esté en la política.

No parece prematuro anticipar que dos partidos de derecha y uno de izquierda monopolizarán la representación política en España en los próximos años, con la escolta habitual de los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos.

Theodore Caplow escribió que las tríadas (relaciones de tres elementos) siempre desembocan en coaliciones de dos contra uno, y lo aplicó en todos los ámbitos: desde el núcleo familiar básico de padre, madre e hijo hasta las empresas, los partidos políticos, las naciones y la geoestrategia mundial. Por eso el mapa político español sale ya formateado de este semestre electoral que se concibió como aperitivo y ha ofrecido el menú completo.


© El Confidencial