Defensa de Feijóo |
En cualquier conversación política actual, es casi obligado dedicar un rato a denigrar -o lamentar, depende de la orientación del grupo- las falencias del PP y singularmente las de su líder, Alberto Núñez Feijóo.
Como en la España actual no es posible intercambiar pacíficamente opiniones políticas dispares, doy por hecho que el grupo será posicionalmente homogéneo (si no lo es, hablarán de cualquier cosa excepto de política, y harán bien). Si la tertulia es sanchista, dedicará un puñado de sarcasmos al PP y a su líder, se acariciará el alma repitiendo los tópicos de reglamento sobre la naturaleza silvestre y cuasi fascista de la derecha española y constatará que el PP es poco menos que una marioneta en las manos de Vox. Una vez identificado el mal mayor sin asomo de duda, resultará ocioso sacar a colación cualquier observación crítica acerca del Gobierno y la reunión se disolverá con el alma en orden y la certeza de estar en el lado correcto de la historia.
Si en la reunión predominan los votantes habituales del PP, se preguntarán hasta cuándo habrá que soportar la tortura del sanchismo en el poder y no dejarán de lamentar las insuficiencias, errores y blandenguerías de Feijóo y del equipo de mediocres que se trajo de Galicia, claramente inadecuados para combatir con eficacia a un bicho como Sánchez y sus gladiadores. A alguno se le escapará, como en un suspiro, el recuerdo de Aznar (¡Oh capitán, mi capitán!) o, aún peor, una queja del tipo "con Ayuso nos iría mejor, ella sí tiene huevos".
Si, por el contrario, se trata de socialdemócratas más o menos renegados del sanchismo, se extenderán sobre la perversidad de este y de sus secuaces, que han destrozado el partido y van camino de hacer lo mismo con el país; pero no excusarán en ningún caso abrir un paréntesis para alancear la incapacidad de Feijóo y su más que sospechosa connivencia con Vox; lo que, según los casos, sirve para justificar un voto en blanco o, pese a todo, a la sigla de siempre, que ya estamos mayores para apostatar.
Aún hace unos días escuché a un veterano izquierdista no escaso de luces hablar de "la derecha civilizada", una expresión muy frecuente en los tiempos del extinto legionario que habitó en El Pardo. Por tener la fiesta en paz me aguanté las ganas de preguntarle por la izquierda civilizada, si considera como tal la que actualmente ocupa el poder. Seguro que la pregunta le habría producido una sorpresa infinita. Pese a los desmentidos brutales de la historia del siglo XX, a la izquierda la civilización se le supone.
Sucede que todos tienen una parte de razón que les hace posible tirar por el camino cómodo y amansar la propia conciencia, que es lo que realmente se busca por encima del interés del país.
Es obvio que Alberto Núñez Feijóo no es un líder fascinante, que el actual PP no pasará a la historia como la maquinaria política más eficiente que vieron los tiempos y que no lo rodean precisamente David Axelrod (asesor estratégico de Obama), Theodore Sorensen (redactor de los discursos de Kennedy) o Alfonso Guerra (jefe del Estado Mayor de Felipe González). Ahora bien, conviene sustentar los análisis políticos sobre hechos objetivos más que sobre prejuicios de carril.
Es un hecho objetivo que Feijóo se ocupó del PP nacional en abril de 2022. Su partido tenía 88 diputados en el Congreso (había llegado a 66), 5 gobiernos autonómicos y las alcaldías de 11 capitales de provincia. Además, se había enzarzado en una guerra civil interna propia de adolescentes que lo llevó al borde de la escisión. Con los dirigentes que Casado envió al destierro podrían formarse un par de consejos de ministros de buen nivel, pero en el grupo parlamentario popular no había quien resistiera un debate económico de 10 minutos a Nadia Calviño, por ejemplo. Aquel PP era un partido que se iba por el sumidero.
Bien, han pasado cuatro años. El PP tiene hoy el grupo más numeroso del Congreso y mayoría absoluta en el Senado. Gobierna en 11 comunidades autónomas que representan el 66% de la población. Ejerce 3.361 alcaldías, entre ellas las de 35 capitales de provincia.
Desde abril de 2022, el PP no para de ganar elecciones en todos los niveles de representación excepto en las autonómicas de Cataluña y el País Vasco, en las que mejoró su resultado anterior. Las encuestas serias lo dan como ganador seguro en Andalucía y le adjudican un claro liderazgo en intención de voto para las próximas elecciones generales, donde se estima que el bloque de la derecha podría aproximarse a los 200 escaños. Digo yo que por algo será.
Por otra parte, la situación interna parece pacificada. Feijóo es el único líder nacional que no ha realizado ninguna purga de disidentes y dirige un partido de amplio espectro sin luchas fraccionales.
Ciertamente, ha debido hacer frente a la emergencia de un partido de ultraderecha que crece como la espuma (y contiene mucha espuma). Ese fenómeno global trajo consigo el hundimiento en toda Europa de los partidos de centro-derecha, que en su mayoría desaparecieron o devinieron residuales. El Partido Popular español es hoy la única formación europea del centro-derecha clásico que se mantiene como la fuerza más votada en su país, doblando en votos y en escaños a la extrema derecha. La crecida de Vox ralentiza su crecimiento electoral, pero no lo hace retroceder respecto a sus resultados anteriores.
Este ciclo demoscópico no ofrece ninguna fórmula viable de Gobierno, salvo la que podría encabezar el PP, si bien es seguro que no alcanzará mayoría suficiente para gobernar en solitario de forma autónoma y necesitará respaldo de Vox.
En un país sensato cabría imaginar alguna clase de concertación (no necesariamente de concentración) entre los dos grandes partidos para habilitar el gobierno del más votado sin echarse en brazos de los extremismos, pero tal cosa se ha hecho imposible en España: no porque lo sea en sí, sino porque así se ha querido. La destrucción de la centralidad política es el producto nefando de una decisión de laboratorio estratégico, pese al deseo de la mayoría de la población. Cualquier analista solvente sabe que, en términos sociodemógraficos y culturales, lo más parecido a un votante tipo del PP es un votante tipo del PSOE.
Además de sus deficiencias estratégicas y operativas, Feijóo paga la factura de su gatillazo de julio de 2023. Tuvo el Gobierno en su mano y lo dejó escapar. Ello creó en torno a su figura una espesa nube de desconfianza que contamina a su propia base electoral y no se despejará hasta que repare aquel desengaño y se siente en Moncloa. Pero los datos objetivos, considerando el punto de partida y las circunstancias del entorno, hablan de una gestión política más exitosa que fallida. Para constatarlo, no hace falta ser de ese partido ni siquiera votarlo, basta creer más a tus propios ojos que a la corriente tertuliana.
En el otro lado de la trinchera puede constatarse otro hecho objetivo: el PSOE de Sánchez no ha ganado nada desde el año 2019 salvo Cataluña. Ciertamente, se necesita mucha habilidad -y mucha osadía- para sostenerse durante siete años en el poder en una democracia parlamentaria sin ganar elecciones, sin mayoría en el Parlamento, sin apenas poder territorial y con el rechazo patente de la mayoría de la sociedad, que no se priva de expresarlo cada vez que se cuentan votos en una urna del tipo que sea.
Es una de tantas paradojas españolas que no resultan fáciles de explicar. Pero en este caso la única solución está en manos de la propia sociedad.