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El emérito se la vuelve a jugar a su hijo

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13.04.2026

Don Juan Carlos no ha cumplido su promesa de ser discreto y reducir al máximo su exposición pública. No era sincero cuando se lo prometió por carta a Felipe VI (27 mayo 2019) después de darse a la codicia y los apremios hormonales. Y si no acabó en un banquillo solo fue por prescripción judicial, inmunidad del cargo y regulación de deudas fiscales.

Aquel compromiso se perdió en la polvareda. Desde entonces no ha parado de ofrecerse al foco mediático y político como presunta víctima de un trato injusto en su propio país. Lo último, el pasado fin de semana, con motivo del homenaje por su libro de memorias ("Reconciliación") que le tributó una asociación literaria en un edificio contiguo al de la Asamblea Nacional Francesa. En el Hôtel de Lassay, se la ha vuelto a jugar a su hijo.

Desde que en marzo de 2022 insistió en "continuar residiendo de forma permanente en Abu Dabi, donde he encontrado tranquilidad para este periodo de mi vida", no ha dejado de reclamar, más o menos explícitamente, su deseo y su derecho a volver a España y residir en "mi casa" (Palacio de la Zarzuela). Con ecos favorables alimentados por el aspirante a la Moncloa, Núñez Feijóo, a raíz de la reciente desclasificación de los papeles del 23-F. Hasta el punto de reflotar la idea de que el papel de Juan Carlos I en la desactivación del golpe debería compensarle de "las debilidades y los errores que he podido cometer y de los que no puedo sentirme orgulloso".

Esa es la fibra sensible del caso.

El emérito pasará a los libros de historia por su papel clave en el advenimiento de la democracia a la muerte de Franco. Y no por su falta de ejemplaridad, tanto en la esfera pública como en la privada, si es que puede hacerse esa distinción en las conductas de un jefe de Estado.

Pero con la misma contundencia con que uno aplaude su apuesta por la democracia también se remite a las causas de su alejamiento. Están relacionadas con un comportamiento reprobable en función de la ejemplaridad exigible a su alta magistratura, de la que terminó apeado (2014, abdicación). Y no hace falta recordar que se fue cuando quiso (agosto 2020) y puede volver cuando quiera si fija su residencia fiscal en España.

Desde entonces está en deuda con los españoles por mucho que se explaye en su campaña de victimismo y autojustificación. Si no asume esa deuda moral seguirá siendo visto con recelo. Incluso por su propio hijo, que es el primero en entender las razones de su alejamiento de España. Las que le obligaron a dictar contra su propio padre la privación de sus funciones institucionales y la retirada de la asignación oficial.

Pruebas inequívocas de que la Casa del Rey y el Gobierno de la nación constataron en su día la ruptura del emérito con los ciudadanos. De haber seguido en España, ya sin sueldo oficial, ¿cuánto tiempo habría pasado hasta que nos preguntásemos por la procedencia de sus ingresos?

Al menos ese peligro quedó conjurado con su definitiva instalación en Abu Dabi como residente. Pero en la memoria reciente todavía flota el televisado desplante de don Juan Carlos ante la pregunta de un periodista sobre su disposición a dar explicaciones:

"¿Explicaciones, de qué?", respondió.


© El Confidencial