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La señora que peor lo debe de estar pasando con Trump

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22.03.2026

Llego tarde a los libros de Barbara Kingsolver, lo cual me hace sospechar que se los estoy descubriendo a ustedes en esta misma frase. Se trata de una escritora norteamericana de 70 años de edad y casi treinta mil seguidores en Goodreads, red social que funciona como oficioso mercado de valores de la literatura. Su último libro publicado, Demon Copperhead, ha interesado a más de ochocientos mil usuarios en esta plataforma, además de recibir el premio Pulitzer en 2023. Con todo, aquí nadie nos ha dicho que tengamos que leer a Barbara Kingsolver fuera de la revista musical MondoSonoro y de una nota en La Vanguardia. Yo la he leído por un tuit de Elisa Beni.

Un tuit puede cambiar el mundo, incluso uno de Elisa Beni sobre libros.

Escribía la periodista que la novela había pasado “desapercibida” por “el horrible marketing”, y la describía como “un retrato perfecto de las miserias de la América rural, esa que nos ha traído a Trump”.

Aprovechando que nadie leyó window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); Demon Copperhead, este mismo año la editorial Navona ha recuperado window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); La biblia envenenada, con la buena fortuna de que ésta la he leído yo. El libro viene de una edición original en 1998, que se tradujo al español en 2001 (Ediciones del Bronce) y se distribuyó por el desaparecido Círculo de Lectores, y se publicó de nuevo en 2008 (Verticales de Bolsillo), y otra vez en 2022 (Navona) y otra santa vez en 2026 (también Navona, reinventando su edición anterior). Todas las oportunidades que le dimos a La biblia envenenada cuentan con la excelente traducción de Damiá Alou (1969), que debe haber contemplado con asombro cómo su texto cambiaba más veces de editorial que él de casa, en treinta años.

La novela, de setecientas páginas, es fabulosa. Narra la marcha al Congo belga de una familia yanqui cuyo patriarca es predicador baptista. Su misión consistirá en evangelizar y “salvar” a los congoleños, propósito para el que cuenta con sólo un año de plazo. “Insistieron en que nuestra misión no durara más de un año, para que así no nos diera tiempo a volvernos completamente locos”. Estamos en 1959 y el Congo no es el lugar más apetecible del mundo. “El Congo no es más que un largo sendero que te lleva de un lugar oculto a otro”.

La familia misionera la completa una madre y cuatro hijas, que son las que narran toda la aventura. El padre, de hecho, no sólo no narra, sino que su presencia queda fosilizada en el apelativo general de “Padre”. Esta proscripción feminista de todo narrador varón es muy conveniente para la novela, pues el predicador propiamente dicho es muy seriote y beato, mientras que su mujer y sus hijas hacen de La biblia envenenada un descacharrante relato coral. Todo lo miran y todo lo critican, algo les asombra, algo les horroriza. Ellas mismas pueden ser horribles para los congoleños, o excesivamente rubias. “A nadie le importa que cojee, porque aquí todo el mundo tiene un hijo con alguna tara o una mamá sin pies o a la que le falta un ojo. Cada vez que te asomas por la puerta, bueno, por ahí va alguien a quien le falta algo, y no se avergüenza de ello. Todo el que tiene un muñón te saluda con él, de manera cordial.”

Mientras iba leyendo las gratificantes desgracias de las niñas y de su madre (serpientes, inundaciones, leones que acechan), me detenía a veces para conocer un poco más a Barbara Kingsolver, pues escribir una historia ambientada en el Congo belga en los años 60 no se te ocurre sin mayor motivo. La biografía de la autora es otra novela de Kingsolver.

Primero, ella misma vivió en el Congo debido a la profesión médica de su padre, lo que sin duda inspiró La biblia envenenada. Además, practica un activismo muy imaginativo, que incluye proyectos como alimentarse durante un año ella y toda su familia únicamente con productos locales, mayormente los cultivados en su propio huerto (hay libro, claro: window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); Animal, vegetal, milagro) o marcharse a vivir a Tenerife por el sentimiento de bochorno nacional que le provocó la primera guerra del Golfo. Después de vivir en Tenerife, se divorció.

'La biblia envenenada' es tan deliciosamente cruel, realista y oceánica que resulta espectacular

También formó parte de la banda Rock Bottoms Remainders, tocando los teclados junto a Matt Groening, Amy Tan o Stephen King (Izquierda Unida, podía haberse llamado). Y, como siempre ha vendido muchísimos libros, creó su propio premio literario, sufragado por ella misma, llamado premio Bellwether. 25.000 dólares recibiría un manuscrito inédito que abordara “visiones de cambio social y justicia humana”.

Todo este activismo pizpireto podría asustarnos a la hora de abrir sus libros, que admitirían el prejuicio de parecernos escritos por o para una Greta Thunberg. Sin embargo, La biblia envenenada es tan deliciosamente cruel, realista y oceánica que resulta espectacular en su mezcla de Memorias de África, window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); El progreso del peregrino y, por qué no, Los Simpson. “Anatole siguió hablando alegremente, al parecer sin darse cuenta de que estaba a punto de matar a mi padre de un ataque al corazón”.


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