El día que dejé de leer 'El País' (y los libros enteros) |
Hay un poemario titulado window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); El día que dejé de leer El País (Hiperión), publicado en 1998 por Jorge Reichmann. No lo he leído, así que ignoro si esta desintonización con la mancheta madrileña se debió a algún altibajo ideológico, a una querella personal, al deseo de poner tierra de por medio con la actualidad entera o al siempre sano ensimismamiento aparejado a los versos. Pero ese título, El día que dejé de leer El País, me encanta. Yo también, un día, dejé de leer El País.
Dejamos de leer El País como dejamos de leer los libros enteros o de hacer fiestas de cumpleaños. Esto quiere decir que El País es un rito de paso, como ir a la universidad. Son de esas cosas que ya estaban ahí cuando empezamos a contender con el mundo, y nunca parecía que el mundo fuera a ser mucho mejor sin ellas. Entonces fuimos a la universidad y comprábamos los libros que recomendaba El País, soñábamos con salir en El País, guardábamos las portadas de El País y nadie nos parecía famoso sin que lo certificara El País.
Hasta el nombre, tan vulgar, nos parecía de mito griego o academia alemana, cuando apenas difería de llamar a un periódico La comarca o Murcia City. Pero "el país" no nos sonaba a España; ni siquiera a Estado soberano constreñido entre fronteras. Sonaba como La Ilíada, la historia fundamental del mundo.
Con los años comprendimos que El País no existía. Eran personas. Como las personas cambian, el mito se vacía. Aún creemos que Italia o Argentina son grandes selecciones de fútbol o los Chicago Bulls, un equipo inmortal de baloncesto. El mito entonces pasa a convertirse en publicidad, una suerte de turismo sobre sí mismo, y puede durar muchos años, incluso toda la vida, porque, en su origen, hubo algo realmente puro, grande, incendiario, y la "marca" lo lleva consigo, cosido como una........