¡Lorca vive y usted no se ha enterado!

Si sólo es escritor el que vive de ello, poeta es cualquiera. Nadie vive de la poesía salvo las viudas y los herederos. Poesía es escribir poco, ir al bar a recitar y volver a casa con algunos números de teléfono. Hay mucho rijo en el estro poético. Antes de Tinder, estaban los versos, la rima consonante y los cuadernos con anillas, y funcionaban parecido. El poeta se "autopercibe" poeta, pero la vida sólo ve a un señor que todavía no paga impuestos. La Agencia Tributaria acaba con muchos poetas, y eso es lo mejor que podemos decir de la Agencia Tributaria.

El que consigue llegar a los cuarenta escribiendo poesía se llama a sí mismo "el poeta", habla en tercera persona, como los futbolistas o María Jesús Montero, se gusta, se vende, es rico de familia (Brines, Gil de Biedma; más o menos todos) o funcionario. Había un poeta (Vicente Gallego) que pesaba la basura, quiere decirse que ese era su trabajo, pesar camiones de residuos urbanos, y eso era algo que daba esperanzas a la poesía, porque entraba en ella todo el sabor de los lunes por la mañana.

Nos caen mal los poetas porque son, casi siempre, amén de señoritos, mezquinos. No tienen lectores, así que sólo les queda el prestigio. O sea, ganar un premio en Melilla o en Burgos. Los premios en Melilla o en Burgos se ganan todos seguidos, y el poeta premiado lo es siempre en andana, todo el rato, cada poemario que tiene le dan un premio. Esto quiere decir que, si el cine español está subvencionado, la poesía española ni te imaginas.

Ahora ha salido en Cátedra una antología de poetas españoles del siglo XXI, de la que están excluidos los viejos. Si tienes más de 42 años, no sales en Un estallido, puedes estallar tú solo en tu casa, con el gato. Esto hace que la antología sea sobre todo radiografía de juventudes, y hay gente con 26 años que ya es poeta inmortal, poetisa eterna.

Durante todo el siglo, agrupar poetas en un libro ha sido costumbre. Como son irrelevantes, se pone toda esa irrelevancia junta a ver si la sacan en el periódico. Yo leí dos o tres antologías de poetas mujeres ("poetisa" no gusta, yo qué sé por qué), de poetisas, donde aparecían treinta y hasta cuarenta poetisas (La manera de recogerse el pelo, se llamaba una; 23 Pandoras, otra), y en Un estallido no veo a ninguna o a casi ninguna. Esto indica que las poetas mujeres también se extinguen sin dejar rastro. Con los poetas pasa lo mismo (recuerdo poemarios olvidados, como La camarera del cine Doré, de Carlos Martínez Aguirre). Ser poeta es básicamente ser joven; cuando se acaba la juventud, se acaba la poesía.

Arman este tomito Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, que no sé quiénes son. El prólogo tiene cien páginas, y está escrito con ese inconfundible vinagre universitario: "No en vano, ambas derivas estéticas han confluido en un panorama híbrido, combinatorio, como se plasma en un número muy apreciable de textos que aúnan características de las dos formulaciones". O: "Sexodisidente".

A mí me escribes "sexodisidente", referido a un poemario, y ya puedo ponerme a ver la tele.

Afirmar que desde los Lorca o Cernuda a hoy no ha habido una concentración de talentos poéticos tan "vital" es abiertamente disparatado

Con todo, Raúl y Álvaro hacen un buen libro, porque saben de lo que hablan y hablan de lo que no se debe. O sea, de los premios. Los antólogos no esquivan el bipartidismo poético que rigió España durante décadas, donde todo era o Hiperión o Visor, y donde decenas de premios de provincias se iban repartiendo entre los amigos. Ese duopolio parece descabezado, pues hay un "nuevo sistema de editorialesy de legitimación" que produce "una ráfaga continua de propuestas muy sólidas". Además, citan el blog Addison de Witt (no me extrañaría que detrás de este blog ya clausurado estuvieran ellos mismos, de hecho), bitácora que durante años señaló las miserias del entramado poético y la tontería sucesiva del verso burocrático. Esto quiere decir que los compiladores no son ellos mismos mansos y simples, o sea, señores de la Academia, sino personas libres que no desoyen las voces disidentes (ahora sí) que nos regalaba Internet.

La tesis chiripitifláutica de Un estallido es que no sabemos la suerte que tenemos, pues hay ahora unos poetas increíbles que no habíamos visto en todo un siglo. O, literalmente: "...cuya vitalidad y alcance no tienen parangón en la literatura española desde la generación del 27". Hombre, ahí vamos a calmarnos un poco.

Nadie citado sostiene un "alcance" que tuvo la máscara poética de un Leopoldo María Panero, un José Hierro o Jaime Gil de Biedma

Afirmar que desde los Lorca, Aleixandre o Cernuda a hoy no ha habido una concentración de talentos poéticos tan "vital" (sea lo que sea esto; que salen mucho de fiesta, estos chicos, será) ni de tanto "alcance" (prensa y ventas, pongamos) como la que se reúne en Un estallido es abiertamente disparatado. Tenemos, para empezar, la Generación del medio siglo. O sea, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma y José Hierro. A años luz de estos chicos y chicas. Y tenemos, un poco más adelante, los nueve novísimos poetas españoles, o sea, a Pere Gimferrer y Leopoldo María Panero. Tenemos incluso la Poesía de la experiencia (años 90), con Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes. Todos ellos, en sus años y en sus décadas, en su juventud imantada, fueron extraordinariamente famosos y mediáticos y televisivos. Nadie citado en Un estallido sostiene una figura pública del "alcance" que tuvo la máscara poética de un Leopoldo María Panero, un José Hierro o Jaime Gil de Biedma. Es que no puedes ni empezar a compararlos.

El libro, en fin, cita cientos de nombres, para que nadie se enfade, aunque sólo veinticinco son los llamados. Comparece gente que me gusta, como Ángela Segovia, gente con la que tomo café, como Luna Miguel, y algunos que hasta saben escribir endecasílabos, como Ben Clark. Luego hay otros en los que no sucede nada de lo anterior, y escriben galimatías.

Da igual. Si confiamos en la afirmación de W. H. Auden de que poesía es "discurso memorable" (y, de hecho, confiamos), y si por esta generalización entendemos que el poema inmortal es aquel que prende en la memoria y hasta se filtra en el torrente popular (Lorca, Juan Ramón Jiménez, Lope de Vega), lo cierto es que la poesía aquí detonada no tiene ninguna posibilidad de permanecer.

Absolutamente ninguna.


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