Camisa de fuerza

Los candidatos presidenciales José Luna y César Acuña se nos antojan en esta pequeña columna como una especie de gemelos. Sus apellidos tienen un sonido similar y el empaque ajustado bajo el polo con el que bailan en sus actos de campaña es también una característica que los hermana. Pero hay más. Ambos se dedicaron originalmente al mismo negocio –la provisión de una educación que difícilmente podría ser llamada superior– y, ya una vez instalados en la política, han auspiciado en el Congreso el florecimiento de bancadas que recuerdan a la antigua Legión Extranjera. A quienes querían enrolarse en esa azarosa hueste, como se sabe, nadie les preguntaba sus antecedentes. Bastaba que estuvieran dispuestos a empuñar un rifle y disparar a quien se les ordenara…

En lo que atañe a la caída de Jerí y el encumbramiento de Balcázar, por otro lado, hay sospechas razonables de que estos caballeros jugaron en pared. Y ahora último, se diría que están practicando también esa dinámica para responder a los ataques de cierto competidor dado a la pendencia. De un tiempo a esta parte, en efecto, ese competidor ha hecho a Luna y Acuña objeto de pullas y memes que quieren ser ingeniosos, pero dejan más bien el sabor de una ofensa pura y dura. Los gemelos, desde luego, tienen que saber en su fuero interno que no han acumulado precisamente hazañas dignas de elogio en estos años, pero es obvio que no se iban a dejar vapulear sin despachar el vuelto. Como recomiendan ciertas artes marciales, entonces, aprovecharon la viada con la que su enemigo los embestía para hacerlo rodar sobre la lona. Así, en curiosa sintonía y con solo 24 horas de diferencia, uno sugirió que estábamos ante un personaje “desequilibrado” y el otro propuso un examen siquiátrico para todos los postulantes presidenciales, empezando por el concernido. Y de pronto, en la habitualmente ruidosa esquina del contendor hidrófobo, se hizo un silencio sepulcral.

–Infierno en la torre–

El dúo dinámico del que venimos hablando le pellizcó pues, al parecer, un nervio al bravucón del barrio. O, para ser exactos, el sistema nervioso en su totalidad. En realidad, la sospecha de que enfrentamos en estas elecciones un claro caso de “infierno en la torre” es algo que se comenta en voz baja en los corrillos políticos desde hace tiempo, y Luna y Acuña simplemente decidieron proclamarlo con megáfono. La circunstancia de que, por toda respuesta, el aludido haya tragado saliva permite anticipar, además, que van a continuar explotando ese filón. Y no sería extraño que otros aspirantes presidenciales agredidos a su turno por la misma furia ígnea se sumen al clamor que ellos han levantado.

El examen que el candidato de Podemos demanda haría por supuesto las veces de una prueba ácida para determinar la ecuanimidad de quienes quieren llegar a Palacio de Gobierno: un detalle que los ciudadanos deberíamos tener garantizado. Pero hacerlo obligatorio a estas alturas del proceso electoral resulta imposible. Es muy improbable, al mismo tiempo, que los que corren el riesgo de no pasarlo acepten someterse a él voluntariamente. Nada de eso, sin embargo, impide que el asunto sea disuasivamente puesto sobre el tapete cada vez que se escuchen gruñidos en medio de un debate que ya de por sí es pobre. A falta de otros méritos, los gemelos darían la impresión de haber inventado una faena compartida que acaba con la colocación de camisas de fuerza invisibles. Si, como cabe suponer, la suerte no los acompaña esta vez en las urnas, a lo mejor pueden ofrecerse después para trabajar como enfermeros.


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