India, país de contrastes

Pico y Placa Medellín

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Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve

Acabo de regresar de un viaje de tres semanas por India, un país que trastoca cualquier esquema preconcebido. Estuvimos en Delhi y Mumbai, recorrimos gran parte del Rajastán y terminamos en Rishikesh en el norte, combinando vuelos con largos recorridos terrestres. Fuimos a un matrimonio que —como en casi todo lo que vive un visitante allí— bien podría llenar una columna entera por sí mismo: días de celebraciones, colores, músicas, ritos y un despliegue de sensaciones difícil de narrar en pocas frases.

Desde la primera impresión es imposible no comparar. En mi mente, inevitablemente, surgió la India con la China que conozco mucho mejor. La diferencia de desarrollo es evidente: India tiene un PIB per cápita de cerca de 3.000 dólares, mientras que China casi cuadruplica esa cifra. Esto se nota, sin filtros, en las calles, en la infraestructura y en cada esquina. Para un visitante europeo o de un país desarrollado hay aspectos que pueden ser visualmente chocantes: barrios informales, congestión, servicios públicos desiguales. Pero quienes venimos de Colombia —donde también convivimos con barrios marginales y regiones con carencias— no vemos un país “irreal”, sino un país en proceso de construcción.

Ese contraste no debe verse como un defecto, sino como una oportunidad en marcha. India está movilizada para alcanzar mejores niveles de desarrollo. Sus cifras de crecimiento económico la sitúan como una de las economías más dinámicas del mundo: tasas de expansión superiores al 6 % en los últimos años y crecimiento robusto de consumo e inversión. En 2025 la India se consolidó como la cuarta economía mundial por tamaño, y hay proyecciones serias de que podría convertirse en la tercera más grande del planeta hacia 2030.

Ese dinamismo no es un espejismo estadístico. En las carreteras, por ejemplo, se ven nuevas autopistas y mejoras viales que conectan regiones antes aisladas y robustecen la economía interna. India ya tiene una de las redes viales más extensas del mundo, y sigue modernizándola. No es el nivel de eficiencia que uno podría asociar automáticamente con China, donde las infraestructuras parecen siempre anticiparse al crecimiento, pero es una infraestructura que avanza de manera tangible y sostenida.

Esa realidad dual —contrastes visibles al primer golpe de ojo y una economía en aceleración constante— es el sello de India. En muchos lugares, el visitante ve pobreza en coexistencia con lujo extremo; tradiciones ancestrales junto a centros financieros vibrantes que parecen sacados de una metrópolis occidental. Y detrás de todo eso, una demografía joven y ambiciosa, que impulsa el consumo, la innovación y una clase media en rápido crecimiento.

Pronto veremos a India no sólo como un gigante demográfico, sino como un protagonista comercial global. El país se acerca a ser un socio inevitable de las grandes cadenas de producción, servicios y consumo del mundo. Para países como Colombia, esto debería llamar la atención. No se trata sólo de mirar hacia China —tan relevante en las últimas décadas— sino también de reconocer a India como un futuro socio comercial y de inversión estratégico.

Colombia podría beneficiarse de esa relación por varias vías: atraer inversión de capital indio, diversificar exportaciones hacia un mercado joven y numeroso, y construir puentes tecnológicos y académicos. India no es hoy una economía homogénea ni sin desafíos, pero su ritmo de crecimiento, su escala demográfica y la energía con que encara sus objetivos la convierten en un país que no podemos ignorar.

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