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Sobre nación, nacionalismo e internacionalismo

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21.07.2026

Para abordar con rigor la cuestión de la nación, el nacionalismo y el internacionalismo, debemos comenzar distinguiendo planos que a menudo se confunden. Las naciones, tal como las entendemos hoy en términos jurídico-políticos -esto es, como Estados soberanos con leyes, instituciones y fronteras definidas-, son en realidad una construcción reciente si las situamos en la escala del tiempo histórico. Surgieron realmente y tal y como hoy las definimos, tras las revoluciones americana, francesa y las liberales. Cierto que algunas en Europa y se fueron consolidando con el concurso de reyes y señores que unificaron territorios, a menudo con escasa o nula consideración hacia la voluntad de los pueblos. Pero para evitar caer en una contradicción, es preciso distinguir entre el Estado-nación moderno y la comunidad cultural, civilizacional o pueblo con una lengua, tradiciones y memoria histórica compartidas. Existen realidades nacionales muy antiguas en este segundo sentido, como China, Irán o Egipto, que son civilizaciones milenarias; sin embargo, su actual configuración como Estados-nación soberanos es mucho más reciente. Esta distinción es clave para entender que, si bien muchas naciones se inventan- el caso africano es paradigmático- o se mitifican, no por ello debemos negar la existencia de sustratos históricos profundos.

Las naciones necesitan mitos fundacionales que justifiquen su existencia o que nieguen realidades incómodas para el relato oficial. Un ejemplo paradigmático es el sionismo. Este movimiento construyó su relato histórico tomando la Biblia como fuente y temporizando los tiempos bíblicos a su conveniencia. La moderna ciencia arqueológica ha demostrado que gran parte de ese relato épico está fuertemente mitologizado; no se trata de negar toda historicidad, pues existieron reinos como Judá e Israel, pero la arqueología actual señala que su pasado fue mucho más primitivo, pobre, poco brillante y descentralizado de lo que narra la Escritura. El mito se reviste de caracteres religiosos y raciales, cuando las religiones -y menos aún las monoteístas- no justifican por sí mismas una etnia ni una raza. Lo que ocurre es que, en el nacionalismo moderno, la religión puede ser instrumentalizada como cemento identitario, pero ello no convierte la fe en un hecho biológico.

Este fenómeno de mitificación no es exclusivo del sionismo; también lo encontramos entre muchas otras en la historia de España. Veamos un ejemplo que puede ser incómodo, pero por ello muy importante. Quienes afirman que el islam no tiene nada que ver con el actual Reino de España y su cultura propia,........

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