Cuando se abusa del voto de confianza |
Cuando se abusa del voto de confianza
Jaime Alberto Leal Afanador - Rector UNAD
En mi libro Trabajo Inteligente Productivo-TIP, señalo que: “Confiar es una acción de doble vía. Para confiar hay que ser confiable. Es una condición imperativa para la armonía. Conlleva una profunda responsabilidad en torno de la verdad, del compromiso y de la coherencia entre lo que se dice y se hace”.
También afirmo que “ser confiable es la mejor expresión de una persona ética, correcta, coherente. Quien es confiable y confía en los demás, no polariza, modera sus expresiones, tiene una actitud positiva, trabaja en equipo, es paciente, y respalda y acompaña los propósitos y el trabajo de los demás, aunque los resultados a veces tarden”.
Hoy reitero que ser confiable es resultado de una conducta correcta, que genera empatía, respeto y cercanía.
En una familia, organización o nación, alguien confiable garantiza que sus relaciones se den conforme las normas y acuerdos preestablecidos; y en el caso laboral, que fechas, metas, indicadores y compromisos se cumplan.
Una persona es confiable porque se ha ganado la confianza, y porque confía en los demás. Se comporta como quisieran que actuaran con él.
La desconfianza es costosa. Las personas, familias, comunidades y empresas en donde ésta prima se hacen inviables, sus miembros enfrentan odios y soberbias, son ineficientes por más reprocesos (revisiones, repeticiones…), obtienen pocos resultados y viven más conflictos.
Pero si hay confianza, las relaciones fluyen, las personas se sienten mejor valoradas, comprometidas y empoderadas; la productividad aumenta y el entorno es mejor.
La persona confiable, y que confía, es una excelente comunicadora, porque parte de la verdad y la credibilidad.
Sin confianza, léase respeto en todo el sentido de la palabra, ninguna relación progresa.
Traicionan la confianza quienes toman objetos de terceros sin su autorización; entran al hogar de sus amigos y la usan como propia; hablan en nombre de parientes y conocidos, sin su consentimiento; prestan objetos y propiedades de sus amigos, sin que estos lo sepan; o se hacen los olvidadizos con promesas, compromisos y deudas incumplidas que deterioran el voto de confianza entregado.
Son personas que pasan de la confianza al abuso de ésta, así como los políticos que no respetan compromisos con sus votantes, los empleados que mienten para justificar incumplimientos, o los amigos y familiares que incumplen la palabra dada.
Todo equipo ganador (parejas, políticos, grupos, familias, compañeros de trabajo y amigos) que avanza en su relación y cumple metas, se basa en el respeto a la palabra empeñada, el cumplimiento de las responsabilidades, el aprecio y, sobre todo, la confianza.
Esa confianza no se logra automáticamente. Tener un parentesco, conocer a alguien o suscribir un contrato no son suficientes para ganarla.
Esta se construye con el tiempo, el cumplimiento de la palabra, la identificación de intereses comunes y el respeto al otro.
Esa confianza se edifica diariamente y se puede perder en un segundo, con una traición, un robo, una infidelidad, una mentira y, en general, con el incumplimiento de los acuerdos y del respeto entre las partes.
Es sabio recordar el adagio popular de “no hagas al otro lo que no quieras que te hagan a ti”.
Y así como la confianza crece con los detalles, con estos también se puede deteriorar, tal como una enfermedad silenciosa, y hace perder la credibilidad, el respeto, el aprecio, la amistad y la seguridad en el otro.
Hay personas más susceptibles a la hora de evaluar la confianza y su abuso. La forma como cada uno fue educado y sus valores, inciden en ello.
Son frágiles las fronteras entre la confianza, lo que en Colombia llamamos “las confiancitas” (un trato excesivamente cercano que raya en la molestia) y el abuso de confianza, que traspasa el respeto, la intimidad, la dignidad y los valores de los otros.
Para evitar deteriorar las relaciones, es esencial la formación integral para definir reglas de convivencia. Qué se espera de cada quien, frente a su entorno, cuáles las obligaciones, qué es indebido y qué abuso de confianza.
Es muy posible que todos, en algún momento, malinterpretemos algo y excedamos la confianza, por ello es mejor tener un diálogo sincero sobre qué límites no debemos cruzar, nunca.
Perder la confianza es fácil, especialmente en quienes prometen más de lo que cumplen, no se caracterizan por decir la verdad y son adictas al chisme.
El mayor tesoro del intelecto es pensar para hablar y no hablar para pensar. Valer recordar que la confianza es una hoja de papel que, una vez tirada a la basura, nunca vuelve a ser suficientemente útil para su propósito inicial.
Jaime Alberto Leal Afanador - Rector UNAD