La hora sagrada |
Hubo un tiempo en que mi agenda no era mía. Quince empresas, llamadas que no admitían demora, reuniones que se solapaban sin clemencia. Recuerdo una mañana en la que, entre en dos juntas de empresa, comprobé que llevaba seis horas sin haber pensado realmente en nada: solo había reaccionado. Ahí aprendí una de las paradojas crueles del oficio directivo: cuanto más alto se sube, menos propio es el tiempo. Todos te necesitan cinco minutos. Y la suma de esos cinco minutos devora lo único que ningún directivo puede delegar: la visión. El día........