Viva el descontrol

En Linares solía salir a pasear fingiendo estar haciendo cualquier recado. No sé a cuento de qué, pero si me cruzaba con alguien conocido me sentía más cómodo diciendo “Voy a esto o a aquello”, en vez de “Nada, paseando”. Este mismo ejercicio en Santiago de la Espada se torna infinitamente más dificultoso: el pueblo se acaba enseguida, no da para una caminata como Dios manda; y esgrimir un argumento parecido invitaría a pensar que ando como pollo sin cabeza —si es que no lo piensan ya—. Y aunque es cierto que aquí, a cambio, tengo la montaña, cientos de ellas y la mar de hermosas, a veces uno, por la razón que sea, prefiere o necesita el asfalto o la noche para estirar las piernas, o el bullicio y el ruido para escapar de tanta soledad y silencio. ¿Y qué les voy a contar de Cortijo Viejo, la aldea en la que vivo? Dos calles en forma de ele que desde la punta del palito largo a la punta del palito corto no sumarán más de doscientos o doscientos cincuenta metros. Me........

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