Último viernes de Cuaresma

Último viernes de Cuaresma

Alas siete de la mañana, las sacudidas de vapor de la plancha contrarrestan el crepitar tranquilo de los primeros troncos en la chimenea. Algo se mueve o está llamado a moverse. El cielo, después de desplegar el mosaico de rojos y naranjas, se ha quedado azul. Y el viento no sopla o, si lo hace, se asemeja a esos antifaces con los que los críos intentábamos infundir miedo en los mayores. Cantan los pájaros y, uno en concreto, se descuelga de la rama del árbol, se posa en la reja de mi ventana y pica un par de veces en un barrote: su manera de incitarme a seguir su vuelo, o así quiero entenderlo. Hay todavía una delgada mancha de bruma cubriendo parte de la vega. Hay distintas tonalidades de verde, “como cuatrocientas” —digo—. Hay rocío en los márgenes de la carretera; si no existieran, habría rocío hasta en el último rincón del planeta, sería una enorme pelota verde y azul. Se escucha el ruido lejano de un tractor que en ningún caso molesta, que se limita a........

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