La guerra en Ormuz y el impacto para los caficultores |
Santiago Ospina López
Hay guerras que Colombia no pelea pero que igualmente nos afectan a todos los colombianos. La amplia mayoría de los ciudadanos las desconocemos porque suceden a miles de kilómetros de distancia y como no mueven rating, escasamente se mencionan en los noticieros. Pero ahí están, y aunque sean silenciosas, afectan la realidad de todos nosotros, incluyendo la de los caficultores.
El Canal de Ormuz es un estrecho de agua de apenas 33 kilómetros ubicado entre Irán y Omán. Por ese estrecho, que para rematar está lleno de piratas, pasa casi el 20% del petróleo que se comercializa a nivel mundial. Y cuando esa zona se alborota, es decir día de por medio, las navieras tienen que recalcular su ruta y bordear todo el continente africano por abajo, dando la vuelta por el Cabo de Buena Esperanza. Eso agrega dos semanas más de viaje y cientos de millones de pesos extra en combustible, seguros y tripulación. Obviamente esos costos no los asumen las navieras, sino que se los cargan a las empresas y a los productos que se mueven dentro de los barcos.
¿Y qué tiene que ver eso con el caficultor colombiano? En realidad, mucho más de lo que uno pensaría.
Colombia exporta petróleo. Cuando el precio del barril sube por tensiones como esta de Ormuz, al país le entran más dólares, pues el peso colombiano se fortalece y el dólar baja.
Cuando el precio cae por el pánico en los mercados pasa lo contrario, el dólar sube y el peso colombiano se debilita.
Esa volatilidad cambiaria es el primer problema para los caficultores, porque el precio que la Federación Nacional de Cafeteros le paga al productor por su carga depende directamente de dos cosas, la cotización del café en la Bolsa de Nueva York y la TRM del día, que es básicamente cuántos pesos colombianos vale un dólar ese día.
Si ambos factores suben, el caficultor recibe más plata por su carga y todo es alegría. Pero cuando el dólar sube por temas externos como esta guerra en el Golfo Pérsico, más no por razones propias del mercado cafetero, la alegría se esfuma rápido.
¿Por qué? Porque casi todo lo que necesita una finca cafetera se compra en dólares. Los fertilizantes son importados. Los fungicidas, los empaques, las maquinarias de beneficio. Y si encima de eso las navieras que traen esos productos a Colombia están cobrando fletes más caros a las empresas que los importan, al final todo eso se carga al precio al que el ciudadano compra el insumo. Entonces, como el precio de todos esos insumos sube al mismo tiempo que el dólar, el tipo de cambio le termina beneficiando al productor con una mano, pero afectando con la otra.
El resultado final para el caficultor es que, en el mejor de los escenarios, recibe un poco más de pesos por su café, pero también gasta mucho más peso en producirlo. El margen que queda en la finca es más corto y nadie entiende el porqué, porque la explicación está a 12.000 kilómetros, en un estrecho que la mayoría de colombianos ni sabe que existe.
Es por esto que, en un negocio tan complejo como lo es el campo colombiano, sin importar si hablamos de café, cacao, arroz, banano, aguacate, etc., los productores deben aumentar su curiosidad por las noticias geopolíticas y de comercio exterior, así como del commodity que cultivan, para anticiparse a los riesgos y a los sobre costos venideros.
Con el aroma de un café 100% colombiano, los saludo.