Acoso sexual: entre el miedo y la indiferencia |
Por: Ramiro A Gutiérrez P.
Hay temas que incomodan, que muchos prefieren evitar, pero que siguen presentes en la vida cotidiana de miles de personas. Uno de ellos es el acoso sexual. Según cifras de la Corporación Excelencia de la Justicia, entre enero y septiembre de 2025 en Colombia se registraron 24.853 delitos sexuales: uno cada 16 minutos. Un dato alarmante que, además, se queda corto frente a la realidad, porque una gran cantidad de casos nunca se denuncian por miedo, vergüenza o temor al juicio social.
Quiero aclarar que el acoso sexual no distingue género. Aunque afecta mayoritariamente a mujeres, también hay hombres que lo padecen y muchas veces permanecen aún más en silencio.
Recientemente, el país conoció el caso de varias periodistas de un reconocido canal nacional. Todo empezó con la decisión valiente de una de ellas de no callar más. Su denuncia abrió la puerta para que otras mujeres hablaran y evidenciaran un patrón de conductas abusivas por parte de personas que, amparadas en su posición de poder, creían tener derecho sobre los demás. Este tipo de casos deja en evidencia una triste realidad: el abuso muchas veces se sostiene no solo por quien lo comete, sino por el silencio de quienes lo rodean.
Aún más preocupante es ver cómo, en pleno siglo XXI, hay quienes justifican estas conductas. Discursos como “se lo buscó” o “ella dio pie” siguen vigentes, y en muchos casos provienen incluso de otras mujeres. A esto se suma el papel tibio de algunos medios de comunicación, que en situaciones como esta parecen optar por mirar hacia otro lado, convirtiéndose en cómplices por omisión.
El acoso sexual, por definición, es cualquier comportamiento de naturaleza sexual no deseado, verbal o físico, que atenta contra la dignidad de una persona y genera un ambiente intimidante, hostil o humillante. Incluye desde comentarios obscenos hasta tocamientos, presiones o insinuaciones indebidas. No es un malentendido, no es coqueteo mal interpretado, es una conducta ilegal.
Este problema se reproduce en distintos escenarios. En universidades, donde algunos docentes abusan de su autoridad; en entornos laborales, donde jefes condicionan oportunidades; o en espacios sociales, donde el alcohol se convierte en excusa para cruzar límites. También persiste una idea equivocada de creer que aceptar una invitación implica una obligación. Nada más lejos de la realidad.
El acoso sexual no es un tema menor ni aislado. Es un problema estructural que exige respuestas firmes. La invitación es a denunciar, no guardar silencio y no normalizar lo inaceptable. Pero también es un llamado a las instituciones para que actúen con contundencia, y a la sociedad para que deje de juzgar a las víctimas y empiece a sancionar a los agresores.
Porque el silencio nunca ha protegido a nadie, pero la verdad, aunque incomode, siempre abre camino