El miedo no puede volver a encerrarnos

La noticia de un brote de hantavirus asociado a un crucero internacional volvió a despertar una palabra que todavía pesa en la memoria colectiva: pandemia. Después del COVID-19, cualquier información sobre un virus, un aislamiento o una cuarentena activa temores profundos. No solo en los adultos, sino especialmente en los niños, adolescentes y jóvenes que vivieron la pandemia en una etapa decisiva de su desarrollo emocional.

Lo primero que debemos decir, con responsabilidad, es que no estamos ante una nueva pandemia. De acuerdo con la información conocida por las autoridades sanitarias internacionales, se trata de un brote específico, asociado al virus Andes, una variante de hantavirus ya conocida por la ciencia. Es un evento serio, que ha requerido vigilancia, cuarentenas y protocolos de salud pública, pero la comunidad científica ha sido clara en señalar que el riesgo para la población general es bajo. La prudencia, por tanto, no debe confundirse con alarma.

Sin embargo, más allá del virus, hay otro fenómeno que merece nuestra atención: el miedo que estas noticias producen en una generación que todavía carga las huellas del aislamiento. Nuestros niños y adolescentes no vivieron la pandemia como un simple paréntesis. Para muchos de ellos significó dejar de ir al colegio, perder el contacto con sus amigos, encerrarse durante meses, cambiar el juego por las pantallas y aprender a relacionarse con el mundo desde la distancia.

La pandemia no afectó a todos por igual. En la niñez y la adolescencia golpeó donde más duele: en........

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