El campo de Barbeito

14 de abril 2026 - 03:07

Los argumentos no atribuyen carácter de género literario a las obras, aunque escribir sobre el campo pudiera llevar a la categoría temática de la literatura rural, cuyos antecedentes clásicos son notorios. El campo y sus bondades como locus amoenus, donde se reúnen idealmente la armonía, la seguridad y la belleza. De suerte que, entre prados, arboledas, brisas calmas y arroyos cristalinos, quepan las serenas composturas del amor, el ritmo inspirado de la poesía y las divagaciones serenas del pensamiento. Por eso dichoso aquel, beatus ille, que goce de la vida retirada y apartada –rural–, como, allá por el siglo I a. C., proclamaron dos magnos y coetáneos poetas latinos, Virgilio y Horacio.

Mas, en esta posmodernidad incierta e inestable, el campo como lugar ameno tiene menos excelencia bucólica y está más presente en los relatos de la memoria que en el asentamiento de las moradas. De ahí el atractivo interés de La palabra del campo, una bien recogida gavilla de textos sobre el campo escritos por Antonio García Barbeito, que creció y faenó en las rurales cercanías de Aznalcázar y Gines para constituir, aunque entonces no lo imaginara, el universo literario de su primorosa escritura, con la cuidada criba de las palabras en el cuaderno de las eras.

Por una conjunción oportuna y efectiva –que no planetaria–, la editorial Almuzara, regida por el constante empeño de Manuel Pimentel, y la Fundación Caja Rural, presidida por José Luis García-Palacios, comparten un proyecto editorial, la colección Labrantío, que pretende recuperar la literatura relacionada con el mundo rural y la cultura del campo. Si el acierto de la iniciativa es apreciable, en la misma medida que la dirija Antonio García Barbeito, autor, además, de la primera obra publicada, La palabra del campo. Tiene Antonio –con la cercanía de la confianza– una voz capaz de provocar fabulosas sinestesias, pues se oye, sobre todo en materia del campo, lo que parece verse, oírse, gustarse, olerse o tocarse. Por eso se ven las eras y los labrantíos, y se oyen las palabras sabias de las gentes del campo, y se saborean las comidas preparadas para el desahogo de las jornadas y la reparación de las fuerzas, y se huelen los desperezos del campo y el aroma de las plantas y sembrados, y se tocan, sí, los aperos y hasta los granos de la cosecha. Barbeito lo cuenta con una memoria personal –sin el oxímoron de la memoria histórica– y en el relato no falta la compostura rítmica de su inspiración poética, el diccionario ignoto de las perdidas voces del campo y hasta una antropología hecha con los desvelos del propio campo: “Se meneaba este campo, hablaba, sonaba, tenía su queja y su música, su callado grito de esclavitud y sus silencios llenos de preguntas y de sueños lejanos. Estaba vivo este campo, entonces”. Es La palabra del campo. Es el campo de Antonio García Barbeito.

También te puede interesar

¿Pero Hungría no era una dictadura fascista?

Carlos Navarro Antolín

Huele a Feria y a cera no quitada

Soltando lastre: de Bach a Boney M.

Enrique García-Máiquez

El Circo de la Luz llega a Sevilla con un espectáculo único

Objetivo: ganar la guerra informativa

Presto ya el escaparate

Vuelco electoral en Hungría


© Diario de Sevilla