Teoría y crítica del malaje

10 de abril 2026 - 03:07

La malaje hoy voy a ser yo. Sin anestesia: sostengo que el malaje, personaje arquetípico del casticismo hispalense, se encuentra sobrevalorado y (lo peor) sobreactuado. Poca cosa hay más deshonrible que quien se interpreta a sí mismo, la que se esquematiza para caber en el papel y –especialidad sevillana– esos hagiógrafos del personajismo local que en las redes dan la brasa lo más grande y acaban por falsificar lo que fue real, perpetrar la insufrible nostalgia, promover imitadores y matar de éxito a los bares y lugares donde, de natural, florecía un jardín de flores curiosas entre las que destacaban los vecchi y los zanni malajes. Es la espectacularización de la realidad cotidiana, señora, que ha llegado a su barrio.

Una de las tantas diferencias entre la Baja y la Alta Andalucía estriba en el trato y consideración dispensada al malaje (malafollá, en terminología del alto Guadalquivir). Allí, los malafollás, que hay tantos como malajes en el valle, no nos hacen ninguna gracia. Somos coherentes, es decir, malafollás con los malafollás. En cambio, aquí, las salidas de tono del malaje sevillano o del que da la carga en Cádiz son encajadas con regocijo. La primera vez que me vaciló un gaditano le evoqué seriamente a todos sus difuntos a caballo: lo que viene siendo el famoso choque de civilizaciones. Ítem, no frecuento a malajes ni les río las malajás. Prefiero –llámenme meliflua– la amabilidad y la cortesía.

Entiendo que ha habido y hay, aquí y en Pekín, gente vinagre, desabridos que heredan –sin cuestionárselo ni hacérselo mirar– el mal ángel de su abuela o de su padre, y personas que sencillamente se visten la cara de póker con mera función disuasoria. Incluso alcanzo a entender el trato compasivo o cómplice con unos y otras. Lo que no entiendo –dada mi filosofía oriental, del oriente andaluz, quiero decir– es esta inclinación, promovida por los influencers de “lo auténtico”, a hacer célebres sitios donde la especialidad es la mala sombra que, por algún motivo, padece el tripulante del establecimiento. Menos entiendo a quien se hace el malaje por emulación. Ante todo, destaco que la inmensa mayoría de las gentes de esta villa son educadas y amables. Incluso (cosa que me pasma) en las bullas. Hace unas noches me vi divertidamente apretadita en una. Viví consideración, colaboración, calma y ricura. De eso, y no de siesos y vinagretas, podríamos empezar a presumir.

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