Hormigas

17 de abril 2026 - 03:07

Hace poco, a la entrada del Sevilla Fashion Outlet me topé con un panel que explicaba que allí había un hotel para insectos. Cómo está el gremio hotelero. Como dicho centro comercial (que es como el aeropuerto de Doha pero con tiendas de Álvaro Moreno) está enclavado cerca de un arroyo donde habitan numerosas especies, habían creado un hotel de bichitos para darles protección. Me entusiasmó la iniciativa, que en cuanto he podido he trasladado a Agus, mi homólogo infantil (tres añitos), y a la sazón domador de hormigas, sufridor de tábanos y asesino en serie de procesionarias. La otra tarde nos fuimos juntos al campo y, con un camión rojo adquirido en Osorio, transportamos palitos y piedras hasta las faldas de un montón de tierra, donde alzamos un Alfonso XIII para insectos, que tiene por palmeras ramas de romero. Esa noche cayó una tormenta. Confiamos en que los bichitos hicieran el checking a tiempo.

Tras nuestra aportación (tamaño pulga) a la patronal hotelera, en estos días, ya de vuelta a la ciudad, releo Inventario de la casa de campo, de Piero Calamandrei, libro que hace mucho me regaló un columnista de este diario. “De bruces sobre el prado, con la cara hundida en el terreno herboso hasta que las ramillas se me metían en los ojos, me perdía con la imaginación en los meandros tenebrosos del musgo, a descubrir los secretos de la floresta virgen, donde las fieras aladas y reptantes se movían aún en libertad”. Describiéndose a sí mismo de niño, Calamandrei describe a Agustinillo, a mí, y quizá también a usted.

Esa mirada nuestra al mundo diminuto que se cuece a un palmo del suelo, la he transportado sin querer a la escala de la estatura humana. Llevo varios días observando el trajín de las vísperas de la Feria. Nos veo como hormigas agitadas que llevan cosas de acá para allá; en las tiendas de flamencas veo mariquitas, avispas en motos, mariposas donde mantoncillos, cigarrones en los bares, cotorras Kramer tirando de maletas; oigo los graznidos de las ruedas contra la acera encerada. Sé que hay quienes –esos que solo piensan en heredar el hormiguero– solo miran estas cosas en términos economicistas. Cada dos palabras sueltan tres cifras. Siempre hablan de dinero, no sé si por culpa judeocristiana por pasarlo bien o por imitar al capitalismo protestante. Yo en cambio veo una ocasión de tiempo embrujado: el de los niños que miran hormigas, y el de las laboriosas hormigas que preparan una fiesta.

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