Amargura, la belleza heredada

29 de marzo 2026 - 03:08

Ante la ojiva de San Juan de la Palma, viendo el gesto de sevillana bolera del San Juan, tan de su antiguo vecino Pericet, sobresaliendo del manto portentoso. En San Juan de la Palma, entre los dos poderosos pasos, estremecido por las miradas que se rehúyen. En San Juan de la Palma, viendo a través del entrevaral prodigioso el no diálogo entre la Amargura y San Juan, porque esto no es una sacra conversazione, es el sacrum silentium de la Virgen que nada puede ni quiere oír que la consuele. En San Juan de Palma, viendo, de trono al Señor, el costero del paso asombroso y el curvo perfil empujado y humillado de mi Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes, sentía lo que siempre allí siento: ¡esto es Sevilla y esta es su Semana Santa! No solo porque allí nací, allí me cristianaron y allí me presentaron a la Amargura. No solo porque en San Juan de la Palma es donde más siento ese respeto hacia la divinidad matizado por una sublime familiaridad –como definió Romero Murube la relación entre Dios y los sevillanos– que solo puede sentirse entre los vecinos que han vivido toda su vida juntos, del cuerpo llevado en brazos al cuerpo llevado a hombros.

También había en lo que sentía una admiración objetiva. Según Kant el gusto es la facultad de juzgar acerca de lo bello. ¿Y qué pinta este prusiano con peluca en la mañana de Domingo de Ramos? Mucho. Porque es de justicia decir, hoy que la Semana Santa empieza, que no todo tiene el mismo valor, que hay una jerarquía que establece referencias y que ignorarlas es cerrar el camino espiritual y creativo que debe intentar igualar su excelencia, sirviéndose de ellas como modelos para educar el gusto y el sentimiento, inspirarse, aprender.

Pongamos la montera del Gallo junto a la peluca de Kant: “clásico es lo que no se puede hacer mejor”. El conocimiento y aprecio de lo clásico –que en nuestra Semana Santa es aquello que no se puede esculpir, bordar, componer, cincelar, labrar o exornar mejor– es la única forma de crear sin caer en vulgaridades, de conservar lo valioso sin alterarlo con caprichos. Es importante la belleza heredada. Benedicto XVI lo dijo: “Si nuestra Fe sigue viva, toda esta herencia tampoco muere, sino que sigue presente en las Catedrales, iconos, música, pintura… Todo es un destello del espíritu de Dios”.

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