¡Ay mi Sevilla, que lo tiene todo! |
27 de marzo 2026 - 03:09
En la madrugada del Domingo de Pasión se puso el primer cimiento de la Semana Santa. Esta medianoche se pone el otro. Uno es la asunción de la Esperanza a su paso, el otro el abajarse hasta nosotros del Señor del Gran Poder. La gloria que nos aguarda hecha visible y la vida, con todo su peso de dolor, bendecida al ser compartida por Dios. Cimiento es la parte oculta del edificio sobre la que estriba toda la fábrica. En lo que a la fiesta grande de la ciudad se refiere, la devoción personal a la imagen sagrada que nos aguarda todo el año en su templo y preside todos los días las casas es el cimiento sobre el que estriba toda la fábrica de la Semana Santa.
Me refiero a la Esperanza y al Gran Poder porque son las cumbres de la devoción sevillana. No por el número de sus hermanos y nazarenos, sino por el de sus devotos y por lo que suscita su devoción, es decir, por ambas imágenes en sí mismas, por lo que sus asombrosas tallas dicen a través de sus formas, por su poder para despertar las almas y conmover los corazones, por la fuerza con la que alientan la esperanza y sostienen en los pesares. No niegan el valor sagrado de otras grandes imágenes, ni hacen de menos otras devociones. Cuando el Señor dijo que toda la Ley y los Profetas se sostienen en dos mandamientos no negaba los demás. Cuantos más años cumplo más soy del Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes y la Amargura, de Jesús Nazareno, del Calvario y la Presentación, por citar mis devociones familiares. Pero también más me rindo a la Esperanza y al Gran Poder.
Esto era reconocido porque era real. Y se manifestaba sin los complejos del mal entendido igualitarismo que parece afectar ahora a la Semana Santa. “Reinas habrá, pero como Tú, ¡ninguna!” y “¡Quien vio cruzar al Gran Poder, vio caminar a Dios mismo!” dijo Rodríguez Buzón en el pregón de los pregones. Y nadie se molestó. Más lejos había ido antes Manuel Machado al escribir: “¡Virgen de la Esperanza! ¡Macarena!... / ¡Ay, de no amar, de no creer, no hay modo / cuando tu imagen célica aparece / mecida entre el incienso, en lontananza...! / ¡Ay mi Sevilla, que lo tiene todo, / cuando el Señor del Gran Poder le ofrece / la Fe y la Caridad... ¡Tú, la Esperanza!”. Las tres virtudes teologales representadas en dos imágenes. Y nadie se ofendió.
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