Una mamarrachada menos a costa de Sevilla

18 de marzo 2026 - 04:00

Qué alegría y qué alboroto, nos ha tocado un perrito piloto. ¿Cuál? Suena el clarinazo de la suspensión de una neo-estupidez, la denominada Madrilucía, la copia barata de la Feria que se proyectaba en un terreno de la capital del reino de los que se destinan a grandes eventos. Nos libramos de una mamarrachada en toda regla que a costa de imitar la autenticidad de la feria sevillana se disponía a hacer caja con el reclamo de cuatro catetos. Los organizadores del engendro achacan la decisión a “circunstancias técnicas y administrativas ajenas al promotor que impiden ejecutar el proyecto”. Como diría el anuncio del bacalao Barea: “¡Qué maravilla, chiquillo!”. No hay nada como las circunstancias ajenas para sacar el pinrel propio a tiempo. Madrilucía se debería quedar en el archivo de la estulticia de los emprendedores sin ideas originales, que son como los humoristas que no saben hacer su trabajo sin herir. Ganar dinero es un interés legítimo que, entre otras cosas, necesita una empresa para subsistir y pagar sueldos. Tratar de hacer caja con una chorrada que mimetiza valores de una fiesta centenaria merece jarros de agua fría, porque parte del engaño, pues habría gente de buena fe que pudiera creerse que eso era la Feria. Es como aquel sevillano al que invitaron a un día de camino por todo lo alto. Un microbús lo recogió en la Plaza Nueva, lo llevó a un pueblo del Aljarafe de honda tradición rociera, lo montaron en una carriola con aire acondicionado, lo llevaron a una casa de la aldea con camareros uniformados, actuaciones contratadas y una barra libre de Möet Chandón con fuentes de fresas con nata. Ya por la noche lo recogió un charré, lo metieron en otro microbús y lo dejaron en la Plaza Nueva. El tipo exclamó: “Esto ha sido una maravillosa catetada, pero esto no es un día de romería ni es ná”.

Madrilucía era eso: una catetada que quizás podría maravillar a los incautos, servir de escenario de los necesitados de exhibir influencia y que, como siempre, unos cuantos obtuvieran grandes beneficios. La lección es que la ciudad debe blindar el modelo de fiesta, basado en la iniciativa de los particulares, de esas familias que pagan de su bolsillo el montaje de las casetas, de los sevillanos que se engalanan para dar realce a la celebración y que atienden a sus invitados. La Feria no se compra, se entra de la mano de quienes la hacen posible. Los tontucios que “bajan” a Sevilla han querido “subirse” un churro de Feria a Madrid. Porque eso era: un churro. Un calentito es otra cosa. Algunos deberían proyectar empresas que de verdad cubran necesidades de la sociedad. Tanto carbónico francés no es bueno. Si ya lo dijo uno: “Esto ha cambiado desde que venden el Möet en el supermercado del barrio”.

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