La mala fama de la Feria

08 de abril 2026 - 04:00

Este período conocido por algunos como de entrefiestas es la mar de interesante en clave local, bendita perspectiva que ayuda a sobrellevar las horas de un mundo amenazado por un ultimátum y en un país con un presidente del Gobierno que provoca sonrojo con un vídeo de fabricación adolescente para presumir de los datos del empleo. Aquí, al menos, podemos disfrutar de estos días de terapia que nos son dados por las fiestas mayores, el balance de una Semana Santa plena y los preparativos de una Feria para que la que habrá que pedir la póliza de préstamo en la sucursal del barrio. Días en los que se ven las fotos de sitios donde algunos no han sido invitados: desde el balcón de la promotora inmobiliaria, con más peligro que un toro con un pitón escobillado, a la cena del Rey en casa de Herrera, a la que solo se sentaron catorce, ni más ni menos, al igual que solo veinticuatro fueron los caballeros que entraron con San Fernando en Sevilla (uno de ellos ya sabemos que era el gran Paco Herrero, de la Cámara de Comercio). Nada como dejar gente fuera de un evento para que se convierta en un éxito en Sevilla.

Habría que hacer la lista Forbes de los discretos de Sevilla, esas damas y caballeros que no suelen dejarse ver, que no necesitan de placas en la Puerta del Príncipe, ni llamar al que organiza las fiestas de Vanitatis para ser colados, ni aguantar las recepciones de las casetas de Feria donde te hablan tan cerca que te obligan a soportar alientos desagradables. Será por eso que cada vez más casetas pretenciosas tienen el bote de Listerine en el baño, además de la toalla multiusos que nunca conviene usar. Esa lista de los discretos sería la buena, la fetén, la de los que de verdad crean riqueza, pagan nóminas y mandan de forma productiva sin necesidad de que lo parezca. Estos días de entrefiestas, decíamos, son los de la exaltación del diminutivo. “¿Irás a la Feria?”. Y la respuesta más habitual está muy clara: “Un diíta iremos, ¿no?”. Nadie confiesa que irá todos los días, aunque sea su deseo. Ir a la Feria a diario está casi peor visto que el dinero ganado en un premio de lotería. Nadie admite que estará muchas jornadas en el real, cosa que, por ejemplo, no ocurre con los viajes. Hay gente que te da la brasa con sus periplos sin que les hayas preguntado, los mismos que antes de saludarte te están escrutando para decirte si has ganado peso o perdido “volumen”. La Feria tiene una mala fama que conviene combatir. Genera una suerte de mala conciencia, quizás relacionada con las borracheras juveniles de algunos. En el fondo es una fiesta para desacomplejados. Más vale una buena Feria que un mal balcón de Semana Santa. Y mejor una caseta familiar que esas donde se come poco, hay mucha chaqueta blanca (del nuevo Movimiento Nacional de tiesos con pretendida buena imagen) y muy malos alientos. Procuraremos ir todos los días. Sí, todos los que se puedan. ¡A la Feria, sevillanos, a la Feria! Que ahí caben más de catorce, ¿verdad, Herrera?

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